Narra una brida
Sin marcha atrás
Plaza de la Constitución · miércoles, 8:00
Son las ocho de la mañana del miércoles y la Plaza de la Constitución todavía huele a agua de manguera. Por aquí solo andan una barrendera que va por su tercera pasada y la cuadrilla de montaje. Y yo. Soy una brida: una tira de plástico negro de veinte centímetros, con dientecitos por un lado y una cabecita cuadrada en la punta. Vengo en una bolsa de cien, todas iguales, hasta que alguien mete la mano y te elige.
A mí me ha elegido Inma, que lleva la bolsa colgada del cinturón junto a unos alicates. Sube conmigo por la escalera hasta lo alto del escenario, donde espera la pancarta: seis metros de lona con letras rojas que anuncian la Feria de Torrox 2026.
Me pasa por el ojal de la lona, me rodea el tubo del escenario y tira. Zrrrip. Clic, clic, clic. Cada dientecito entra en su sitio y ya no sale, porque las bridas no tenemos marcha atrás. Un tornillo se afloja; una tuerca cambia de opinión con los años. Una brida, cuando dice que sí, es que sí.
Luego vienen los alicates. Inma me corta la cola sobrante a ras de la cabeza, para que no asome un rabito feo en las fotos. Es como pedir que te arreglen las puntas y salir de la peluquería rapada. La brida de al lado, que también va cortita, dice que me favorece. Entre bridas nos apoyamos mucho.
Desde mi esquina veo montarse la plaza. Dos compañeros de Inma alinean las vallas, clanc, clanc, como quien coloca sillas para una boda. Un electricista sube en la cesta de la plataforma a orientar los focos y pregunta «¿ahí te da?»; desde abajo le contestan con el pulgar. Pasa una patrulla de la Policía Local, echa un vistazo y sigue su ronda. Luego llegan cafés y churros, y la cuadrilla se junta cinco minutos a la sombra del camión. Ni uno más.
A las ocho y media pasa un vecino con la barra de pan bajo el brazo, se para, ladea la cabeza y sentencia:
—Está torcida.
Todos los pueblos tienen un señor así; es un servicio público. Inma sube otra vez y le da un tirón a la esquina de la derecha. El vecino asiente, satisfecho. Yo no me he movido ni un milímetro, que conste.
Hago cuentas: en este escenario hay más de cien bridas. Sujetamos cables, focos, guirnaldas, pancartas y un alargador naranja que nadie sabe de dónde ha salido. Si un día decidiéramos soltarnos todas a la vez, la Gala sería un montón de cosas por el suelo. Menos mal que no sabemos.
Y esta noche hay faena. A las siete, la Gala de la Feria, con las academias de baile zapateando sobre las tablas. A las nueve menos veinte, las Reinas y el Mister. A las diez y media, el pregón. A las once, el alumbrado del recinto ferial; a las once y cuarto, los cohetes, y a las once y media, la primera actuación estelar, con unos altavoces que van a sacudir la lona como una sábana tendida.
En las fotos de esta noche saldrán los trajes, las coronas y el confeti. Si alguien amplía mucho, muchísimo, verá en lo alto de la pancarta un puntito negro. Esa soy yo. Salgo en todas y no me reconoce nadie. Igual que a la cuadrilla.
A las nueve, Inma da un último tirón a la lona, como quien le ajusta la mochila a un crío en la puerta del colegio. Aguanto. Ella asiente, se guarda los alicates y se va con los demás a por más vallas. Cuando acabe la feria volverá a soltarnos: a una brida no se la desata, se la corta. Lo tengo asumido. Pero hasta entonces, que sople el levante lo que quiera. De aquí no me mueve nadie.