Feria de Torrox · 30 sep – 4 oct 2026

Historias de Feria al carboncillo

Treinta y seis historias pequeñas de la feria de Torrox, contadas por quien la vive de cerca: una farola al sol, un tacón caído, un pendiente fugado, un micrófono recién estrenado y una flamenca de cuatro años con un pastel en la mano. Y también por quienes la hacen posible mientras los demás la disfrutan.

Programa de lecturas

Treinta y seis historias, ordenadas como la feria: de la víspera al cierre.

Miércoles 30 de septiembre

  1. Sin marcha atrás8:00 · Pl. de la ConstituciónNarra una brida
  2. La bola que no quería arrimar9:30 · Complejo La GranjaNarra una bola de petanca
  3. Siempre toca19:00 · Llano de la AlmazaraNarra el panda gigante de la tómbola
  4. Cinco, seis, siete, ocho19:00 · Pl. de la ConstituciónNarran las zapatillas de ensayo de una profe de baile
  5. Las castañuelasAl caer la tarde · Calle AltaNarra quien las heredó de su abuela
  6. Una corona sin dueña20:40 · Pl. de la ConstituciónNarra la corona de la Reina
  7. Que no salte nada21:30 · Llano de la AlmazaraNarra la escalera de un electricista
  8. Vibraciones a las diez y media22:30 · Pl. de la ConstituciónNarra el micrófono del pregón
  9. La bombilla número 4.81723:00 · Recinto ferialNarra una bombilla de la portada

Jueves 1 de octubre

  1. Abierta por si acaso12:00 · Caseta del MayorNarra la carpeta de partituras de un coro de mayores
  2. Devolver a…14:00 · Caseta del MayorNarra una mesa plegable
  3. Gladiolos con olor a chocolate17:00 · Paseo de las MoreasNarra una ofrenda floral
  4. La silla más deseada del Bolerazo18:00 · Pl. de la ConstituciónNarra una silla de plástico
  5. La fuga del aro de oro18:00 · Caseta del MayorNarra un pendiente de filigrana
  6. Una taza para la vecina18:30 · Caseta del MayorNarra el cucharón de la chocolatada
  7. El rescate de los lunaresPor la tarde · Calle CalzadaProtagoniza Nieves, cuatro años
  8. Probando, sí, sí23:00 · Pl. de la ConstituciónNarra la mesa de sonido del escenario
  9. Curvas de algodón5:40 · Estación CentralNarra el volante del autobús de noche

Viernes 2 de octubre

  1. Lo que diga el arroz14:30 · Caseta del MayorNarra la paellera gigante
  2. Un pum a tiempo16:30 · Pl. de la ConstituciónNarra el bombo de una charanga
  3. Una yegua con mucho carrusel17:00 · De La Granja al ConventoNarra Duquesa, yegua torda
  4. Fichas que vuelven20:00 · Llano de la AlmazaraNarra la taquilla de los coches de choque
  5. Cálculos a cuarenta grados de muñeca22:15 · Cuesta de la AlmedinaNarra Rocío, en cuñas y con faja
  6. Objetos con dueño23:45 · Llano de la AlmazaraNarra la libreta de objetos perdidos de la Policía Local

Sábado 3 de octubre

  1. Como si nada6:30 · Calle CalzadaNarra la barredora del servicio de limpieza
  2. El toro que les tenía miedo a los alfileres16:30 · Pl. de la ConstituciónNarra un toro hinchable
  3. La rendición de las cinco de la tarde17:00 · Un salón en penumbraNarra una familia en plena tregua
  4. Tiritas de dibujos21:00 · Llano de la AlmazaraNarra el botiquín del puesto sanitario
  5. La conspiración de las cuatro estaciones22:20 · Calle CalzadaNarra una pandilla con hambre y prisa
  6. Superviviente del alberoDe madrugada · una casetaNarra un tacón de carrete

Domingo 4 de octubre

  1. La centinela achicharrada14:00 · Pl. de la ConstituciónNarra la farola central de la plaza
  2. Amor al galope y a pulso17:00 · Complejo La GranjaNarra quien sujeta la mano de Laura
  3. Naranja de servicio20:00 · Paseo de las MoreasNarra el chaleco de un voluntario de Protección Civil
  4. Enrollada y en paz22:30 · Zona del ConventoNarra la manguera del camión de bomberos
  5. La última en subir22:30 · Zona del ConventoNarra la palmera dorada del final
  6. Cambio y corto23:59 · Pl. de la ConstituciónNarra el walkie-talkie de la organización

Relatos de ficción inspirados en el ambiente de la feria: no recogen todos los actos ni a todas las personas que la hacen posible. Gracias a las asociaciones, peñas, coros, academias, hermandades, clubes, voluntarios, trabajadores y vecinos que llenan de vida estos días.

Miércoles 30 de septiembre

Víspera: gala, pregón y alumbrado

Feria 2026 yo
Esquina de arriba, a la izquierda. Si amplías mucho, salgo en todas las fotos.

Narra una brida

Sin marcha atrás

Plaza de la Constitución · miércoles, 8:00

Son las ocho de la mañana del miércoles y la Plaza de la Constitución todavía huele a agua de manguera. Por aquí solo andan una barrendera que va por su tercera pasada y la cuadrilla de montaje. Y yo. Soy una brida: una tira de plástico negro de veinte centímetros, con dientecitos por un lado y una cabecita cuadrada en la punta. Vengo en una bolsa de cien, todas iguales, hasta que alguien mete la mano y te elige.

A mí me ha elegido Inma, que lleva la bolsa colgada del cinturón junto a unos alicates. Sube conmigo por la escalera hasta lo alto del escenario, donde espera la pancarta: seis metros de lona con letras rojas que anuncian la Feria de Torrox 2026.

Me pasa por el ojal de la lona, me rodea el tubo del escenario y tira. Zrrrip. Clic, clic, clic. Cada dientecito entra en su sitio y ya no sale, porque las bridas no tenemos marcha atrás. Un tornillo se afloja; una tuerca cambia de opinión con los años. Una brida, cuando dice que sí, es que sí.

Luego vienen los alicates. Inma me corta la cola sobrante a ras de la cabeza, para que no asome un rabito feo en las fotos. Es como pedir que te arreglen las puntas y salir de la peluquería rapada. La brida de al lado, que también va cortita, dice que me favorece. Entre bridas nos apoyamos mucho.

Desde mi esquina veo montarse la plaza. Dos compañeros de Inma alinean las vallas, clanc, clanc, como quien coloca sillas para una boda. Un electricista sube en la cesta de la plataforma a orientar los focos y pregunta «¿ahí te da?»; desde abajo le contestan con el pulgar. Pasa una patrulla de la Policía Local, echa un vistazo y sigue su ronda. Luego llegan cafés y churros, y la cuadrilla se junta cinco minutos a la sombra del camión. Ni uno más.

A las ocho y media pasa un vecino con la barra de pan bajo el brazo, se para, ladea la cabeza y sentencia:

—Está torcida.

Todos los pueblos tienen un señor así; es un servicio público. Inma sube otra vez y le da un tirón a la esquina de la derecha. El vecino asiente, satisfecho. Yo no me he movido ni un milímetro, que conste.

Hago cuentas: en este escenario hay más de cien bridas. Sujetamos cables, focos, guirnaldas, pancartas y un alargador naranja que nadie sabe de dónde ha salido. Si un día decidiéramos soltarnos todas a la vez, la Gala sería un montón de cosas por el suelo. Menos mal que no sabemos.

Y esta noche hay faena. A las siete, la Gala de la Feria, con las academias de baile zapateando sobre las tablas. A las nueve menos veinte, las Reinas y el Mister. A las diez y media, el pregón. A las once, el alumbrado del recinto ferial; a las once y cuarto, los cohetes, y a las once y media, la primera actuación estelar, con unos altavoces que van a sacudir la lona como una sábana tendida.

En las fotos de esta noche saldrán los trajes, las coronas y el confeti. Si alguien amplía mucho, muchísimo, verá en lo alto de la pancarta un puntito negro. Esa soy yo. Salgo en todas y no me reconoce nadie. Igual que a la cuadrilla.

A las nueve, Inma da un último tirón a la lona, como quien le ajusta la mochila a un crío en la puerta del colegio. Aguanto. Ella asiente, se guarda los alicates y se va con los demás a por más vallas. Cuando acabe la feria volverá a soltarnos: a una brida no se la desata, se la corta. Lo tengo asumido. Pero hasta entonces, que sople el levante lo que quiera. De aquí no me mueve nadie.

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¡clonc! carreau
Tiro limpio. La otra bola acabó debajo de un banco, muy afectada.

Narra una bola de petanca

La bola que no quería arrimar

Complejo La Granja · miércoles, 9:30

A las nueve y media de la mañana del miércoles, cuando medio Torrox todavía duerme y la otra mitad está planchando volantes, yo ya llevo un rato en el Complejo La Granja, dentro de una bolsita de cuadros escoceses, chocando con mis dos hermanas cada vez que mi dueño cambia de pierna. Soy una bola de petanca. Acero cromado, setecientos gramos, estrías de competición. Y una misión en la vida que nunca he terminado de aceptar: arrimarme al boliche.

El boliche es una bolita de madera del tamaño de una nuez, pintada de naranja chillón, que se pasa el torneo quieta y dándose importancia. Todo el mundo la mira. Todo el mundo la mide. Y yo, que peso veinte veces más, tengo que ir a rendirle pleitesía como un cortesano. Pues no me da la gana.

Mi dueño se llama Antonio, tiene setenta y cuatro años, una gorra de publicidad de un almacén de piensos y una técnica que él llama «la de mi padre», que consiste en agacharse, cerrar un ojo, murmurar algo que suena a oración y soltarme con un giro de muñeca. Enfrente, el equipo rival: dos hermanos con polos iguales y una seriedad de final del Mundial. Uno de ellos lleva un imán atado a un cordel para recoger las bolas sin agacharse. Tecnología punta.

Primera tirada. Antonio me lanza con cariño. Yo, con toda la intención del mundo, boto en una piedrecita, hago un quiebro y me quedo a dos palmos del boliche, mirando para otro lado. «¡Ay, que se ha ido larga!», se lamenta. No me he ido larga, Antonio. Me he ido digna.

Segunda tirada. Uno de los hermanos arrima una bola tan pegada al boliche que parecen novios. Se oyen aplausos discretos. Un señor con un termo de café comenta «esa es de libro». Yo, desde mi exilio, siento algo muy parecido a la envidia.

Entonces llega el momento que cambia mi carrera. Antonio se quita la gorra, se rasca la cabeza y le dice a su compañero, Pepe: «Aquí no hay que arrimar. Aquí hay que tirar». Y me coge a mí. A mí. Me limpia con un pañuelo de tela, me sopla, me mira fijamente y susurra: «Venga, bonita, que hoy empieza la feria».

Tirar, en petanca, es lo contrario de arrimar: ir a por la bola del contrario y sacarla de ahí de un golpe limpio. Es lo mío. Es el rock and roll de la petanca.

Salgo de su mano describiendo un arco perfecto, cruzo el aire fresco de la mañana, aterrizo justo encima de la bola enamorada y ¡clonc! La mando de paseo hasta la valla, y yo me quedo clavada en su sitio, pegadita al boliche, como si llevara ahí toda la vida. A eso los entendidos lo llaman «carreau». En mi casa lo llamamos justicia poética.

El silencio dura medio segundo. Después, Pepe grita «¡toma ya!», el señor del termo se derrama el café encima y los hermanos de los polos iguales se miran como si les hubieran cambiado el reglamento. El del imán tarda un buen rato en recuperar la bola expulsada. La encuentra debajo de un banco, muy afectada.

No ganamos el torneo. Quedamos terceros, por detrás de un equipo de señoras que arrimaban con precisión de cirujano y merendaban magdalenas entre tirada y tirada. Pero cuando volvíamos a casa, dentro de la bolsita de cuadros, Antonio le iba diciendo a todo el que se cruzaba: «¿Viste el carreau? Esa bola tiene arte».

Ahora descanso en el mueble de la entrada, entre las llaves y la cartilla del médico. Mis hermanas dicen que me lo tengo muy creído. Puede ser. Pero este año, por primera vez, me arrimé al boliche. A mi manera.

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¡SIEMPRE TOCA! cuatro ferias
Cuatro ferias en lo alto de la estantería. Una abuela y un papelito.

Narra el panda gigante de la tómbola

Siempre toca

Recinto ferial, Llano de la Almazara · miércoles, 19:00

Llevo cuatro ferias en lo alto de la tómbola del Llano de la Almazara. Cuatro. Soy un oso panda de metro veinte, con pajarita roja y una sonrisa bordada que, con los años, se me ha quedado un poco fija. En el cartel de la caseta pone, con letras de neón: «¡SIEMPRE TOCA!». Y es verdad. Siempre toca. Lo que pasa es que nunca toco yo.

Toca el llavero de delfín. Toca el peine de colores. Toca el juego de vasos de plástico con dibujos de frutas, que tiene una tasa de éxito sospechosamente alta. Toca un pato de goma que pita y que ha cambiado de manos más veces que un billete de cinco euros. Pero el panda, no. El panda es el sueño. El panda está ahí arriba para que la gente siga comprando papelitos.

Hoy es miércoles, Día del Niño. Las atracciones están a precio reducido y, hasta las nueve de la noche, funcionan sin ruido, que es una cosa muy bonita: los cacharritos giran, suben y bajan en silencio, con las luces encendidas y los niños riéndose, y por fin se oye lo que dice la gente. Aunque eso, en una tómbola, no siempre es buena idea.

—¡Papá, el panda!

Ya está. Ya empezó. Un niño de unos seis años, con la cara pintada de tigre, me señala con el dedo. El padre mira hacia arriba, mira el cartel, mira la cartera y hace un cálculo mental que se le nota en la frente. Compra cinco papelitos. Llavero, peine, peine, vasos, pato de goma. Compra cinco más. Llavero, llavero, un bolígrafo con pluma, vasos y un imán de nevera con forma de chancla. A la tercera ronda, la madre aparece por detrás con dos algodones de azúcar y una mirada capaz de congelar el Mediterráneo.

—¿Cuánto llevas?

—Poco —dice él.

Llevan veinte euros. Lo sé porque desde aquí arriba lo sé todo.

Al final el niño se va con un llavero de delfín, un peine, dos juegos de vasos y el pato de goma, al que ya ha bautizado como Paco. Y se va feliz. Mucho más feliz que si le hubiera tocado yo, que no habría cabido en el coche. El padre me mira por última vez, con una mezcla de rencor y respeto. Nos vemos el año que viene, campeón.

Pasa la tarde. Pasan parejas, pandillas y un señor que asegura que «esto está trucado» y compra diez papelitos para demostrarlo. Le toca un peine. Se va satisfecho, con la teoría confirmada.

Y entonces, casi a las nueve, cuando los cacharritos están a punto de volver a hacer ruido, llega una abuela. Pequeñita, con un bolso enorme y una nieta de la mano. No pregunta por el panda. Ni siquiera me mira. Compra un solo papelito, «para probar», y lo abre con las uñas, despacio, sin gafas.

El feriante lo lee dos veces. Se le cae el micrófono. Lo recoge. Carraspea.

—¡Señoras y señores, el paaaandaaaa!

La tómbola entera se gira. La nieta grita. La abuela, que no se ha enterado de nada, pregunta «¿qué me ha tocado, hija?». Y a mí me bajan de lo alto con un gancho, después de cuatro ferias, entre aplausos, como a un astronauta que vuelve a la Tierra.

Me lleva la nieta, que mide lo mismo que yo, así que más bien vamos abrazados, dando tumbos por el recinto y esquivando piernas. Al pasar por los coches de choque, el niño de la cara de tigre nos ve y se le escapa un «¡oh!». Paco, el pato, pita.

Ahora vivo en un sillón de una casa del pueblo, con una manta sobre las piernas. Me llaman Don Panda. No es muy original, pero es mío. Y cada vez que alguien pasa por la puerta, la abuela dice: «Ese me tocó a mí en la feria. Con un papelito».

Siempre toca. Solo había que esperar.

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5, 6, 7, 8
Detrás de la tela también se baila. Chiquitito, para que no se note.

Narran las zapatillas de ensayo de una profe de baile

Cinco, seis, siete, ocho

Plaza de la Constitución · miércoles, 19:00

Somos las zapatillas de ensayo de la profe. Lona que algún día fue rosa, suela partida para que el pie se doble a gusto y un parche de cinta americana en la puntera que ya es parte de nuestra personalidad. Hoy, a las siete de la tarde, empieza la Gala de la Feria en la Plaza de la Constitución, y nosotras estamos donde siempre: en un lateral del escenario, detrás de la tela negra, donde no llega ni un foco.

Llevamos ensayando desde julio en el local: espejo de pared entera, una huella de manita a la altura de las rodillas y un ventilador que gira la cabeza como diciendo que no a todo. Por ese espejo han pasado las criaturas de cuatro años; los de doce, que se miran más en el cristal que a la profe; tres chavales que vinieron acompañando a sus hermanas y ahora llegan los primeros, y el grupo de los martes, gente que se puso a bailar al jubilarse y no ha faltado ni el día del dentista.

La profe corrige con frases cortas. «Esa barbilla». «Brazos, que no estáis tendiendo ropa». «Mirad al público, que el suelo ya se sabe el baile». Y nosotras detrás: cinco, seis, siete, ocho, el mismo paso cien veces, hasta que se nos queda en la suela como una canción pegada.

Y luego está Alba: cinco años, un lazo del tamaño de una mano abierta y un reloj propio que va siempre medio compás por detrás. Cuando el grupo gira, Alba se lo piensa. Cuando el grupo termina, ella da la última vuelta sola, muy seria, con la puntita de la lengua fuera. Y la profe aplaude igual que si hubiera salido perfecto. Si alguien pregunta si habría que corregirla, contesta sin dejar de contar: «El compás se aprende. Lo que trae ella, no».

Hoy no estamos solas. Detrás del escenario se juntan todas las academias y grupos de baile del pueblo, y a ras de suelo aquello es una asamblea de calzado: zapatos de flamenca con clavos que suenan hasta quietos, zapatillas blanquísimas de baile moderno con los cordones como planchados, alpargatas de cintas para los bailes de siempre. Todos en el mismo trocito de suelo y nadie pisa a nadie.

Los nervios también se oyen. Una niña repasa la coreografía en voz bajita. Un chaval se ata los cordones por cuarta vez. Una madre busca la goma del pelo que lleva puesta en la muñeca. En cada lateral hay una profe, y todas hacen lo mismo que la nuestra: respirar hondo, un beso en la frente y un «disfrutadlo» dicho como una orden.

Suena la música y salen. Y aquí va lo que no sabe nadie: nosotras también bailamos. Desde detrás de la tela, la profe marca cada paso con los pies, chiquitito. Cinco, seis, siete, ocho. Cuando giran, giramos. Cuando suben los brazos, ella los sube a medias, como si ayudara desde lejos.

En el último giro, Alba se queda sola, medio compás por detrás, como siempre. Pero hoy hay una plaza entera mirando. Termina su vuelta, se planta y abre los brazos. Y la Plaza de la Constitución hace lo que la profe lleva haciendo desde julio: aplaude como si hubiera salido perfecto. Porque ha salido perfecto.

Al saludar, los pequeños tiran de la profe y la sacan al escenario. Ella se resiste poquito. Y así, por primera vez, pisamos las tablas con la cinta americana a la vista, delante de medio pueblo. Nadie nos mira, claro. Todos miran a la profe, que está llorando y dice que es por los focos.

Después vendrán la elección de Reinas y Mister y los premios, pero eso ya es otra historia. En noviembre, primer ensayo. Alba ya ha avisado de que el año que viene llega a tiempo. La profe le ha dicho que no corra, que la esperamos.

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¡clac!
Calle Alta. El cordón fue rojo; el repique, todavía lo es.

Narra quien las heredó de su abuela

Las castañuelas

Calle Alta · miércoles, al caer la tarde

Las castañuelas de madera oscura llevaban años mudas, colgadas de una alcayata en el marco de la ventana que da a la Calle Alta. Sujetas por un cordón rojo desvaído por el sol de Torrox, se habían convertido en un adorno más, a la altura del calendario de la farmacia y del plato de cerámica que nadie se atreve a descolgar. Eran de mi abuela. Y mi abuela, que en paz descanse y en gloria baile, las tocaba como quien dispara ráfagas: en las bodas del pueblo se decía que, si la sentaban cerca de la orquesta, el batería se deprimía.

Cada mes de octubre, cuando las trompetas y los tambores de la feria empezaban a retumbar cuesta abajo hacia la plaza, aquella habitación se quedaba más callada que nunca. Fuera, cohetes, charangas y un señor probando un altavoz con el eterno «sí, sí, probando, uno, dos». Dentro, dos piezas de madera mirándome desde la ventana como un perro que sabe que hoy no lo sacas a pasear.

Aquella tarde de feria, el viento que subía del mar se coló entre las macetas de geranios con muy poca educación. La ráfaga empujó la madera barnizada contra el quicio: un clac seco, torpe, pero nítido. Uno solo. Pero en Torrox, un clac en plena feria es una declaración de intenciones.

Abajo, un grupo de vecinas vestidas de lunares subía la cuesta entre risas camino del baile, con los abanicos en posición de combate. Al oír el chasquido, la Paqui, que tiene un oído para el compás que ya lo quisiera el conservatorio, alzó la vista, batió palmas rápidas y gritó hacia el balcón:

—¡Venga ese repique, que ya es feria!

—¡Que ha sido el viento! —contesté asomándome.

—¡Pues que el viento baje a bailar, que aquí sobra sitio! —remató otra, y las demás se doblaron de risa sobre los volantes.

Me quedé mirando las castañuelas. Ellas me miraron a mí. O eso me pareció, que en feria no hay que fiarse de nada. Las descolgué con cuidado, deshice el nudo del cordón y me calcé los lazos en los pulgares. Hacía siglos que no lo intentaba. La última vez, con nueve años, se me escapó una de la mano y le di al gato en todo el lomo. El gato no volvió a entrar en esa habitación hasta Semana Santa.

Respiré hondo. Me acordé de la voz de mi abuela: «La carretilla empieza en el meñique, no en el miedo». Y solté el primer golpe.

Salió limpio. Trrriá. Contra el aire templado de la tarde, como si la madera llevara años esperando la señal.

Desde la calle estalló una ovación que ni en el pregón. Las vecinas jalearon, alguien soltó un «¡olé tu abuela!», que bien mirado era exactamente lo que tocaba, y un chiquillo que pasaba con un globo de Bob Esponja se quedó parado con la boca abierta. Me vine arriba y encadené otro repique, y luego otro más torpe, y luego uno que no sé ni cómo se llama pero que a mí me sonó a gloria.

La madera, caliente por el sol, dejó de ser un adorno de luto. Recuperó su voz. Y la memoria, que llevaba años haciendo de pena, se puso los lunares y se echó a la calle.

Cuando los farolillos de la Calle Alta empezaron a encenderse uno a uno, yo ya bajaba la cuesta detrás de las vecinas, con las castañuelas en los pulgares y una sonrisa de oreja a oreja. Por el camino me crucé con el gato, asomado a la ventana de al lado. Me miró con rencor. Hay heridas que ni la feria cura.

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¡purpurina!
La purpurina no se va nunca. La purpurina es para siempre.

Narra la corona de la Reina

Una corona sin dueña

Plaza de la Constitución · miércoles, 20:40

Llevo desde las siete de la tarde encima de un cojín de terciopelo granate, detrás del escenario de la Plaza de la Constitución, rodeada de cables, botellas de agua y una señora de la organización que me mira cada cinco minutos como si me fuera a escapar. No me voy a escapar. Soy una corona. Una diadema, para ser exactos: metal plateado, doce piedrecitas que brillan como si fueran de verdad y una capa de purpurina que alguien me echó ayer «para que luzca con los focos». La purpurina, por cierto, ya está en todas partes: en el cojín, en la mesa y en el bigote del técnico de luces. La purpurina no se va nunca. La purpurina es para siempre.

Esta noche es la Gala de la Feria y, a las nueve menos veinte, se elige a las Reinas y al Mister de 2026. Todavía no sé en qué cabeza voy a acabar, y eso, para una corona, es como no saber en qué casa vas a vivir el resto del año.

Desde el cojín lo veo todo. Veo a las candidatas repasándose el maquillaje con el móvil como espejo, respirando hondo y dándose ánimos entre ellas con una complicidad que ya quisieran muchos. Veo a una madre retocando un moño con tres horquillas sujetas entre los dientes. Veo a un abuelo que se ha colado detrás del escenario con la excusa de «traer un botellín» y que lleva veinte minutos sin irse, más emocionado que si el candidato fuera él.

Y veo a los candidatos a Mister. Uno practica la sonrisa delante de un altavoz apagado. Otro repasa en voz baja lo que dirá si gana. Y todos me miran de reojo con una envidia que conozco bien: al Mister le dan una banda, y la banda, entre nosotras, no es lo mismo. La banda es un complemento. Yo soy una institución.

Suenan las academias de baile y el escenario retumba. Mi cojín vibra. Mis piedrecitas tintinean. La señora de la organización me sujeta con la mano, por si acaso, y yo aprovecho para regalarle un poco más de purpurina. Se va a acordar de mí hasta Navidad.

Luego llega el momento. La presentadora sube el tono. Suena el redoble de tambor de rigor, ese que suena igual en todas las galas del mundo, como si hubiera un único tamborilero contratado para todo el planeta. Los nervios se pueden cortar con cuchillo. Una candidata le aprieta la mano a otra. En primera fila alguien grita un nombre y medio pueblo le manda callar.

Se dice el nombre. Aplausos, gritos y un abrazo colectivo sobre el escenario que casi me tira del cojín. Unas manos me levantan, me llevan hacia la luz y, por primera vez en mi vida, miro de frente a toda la plaza. Cientos de móviles apuntándome. Farolillos. Un niño subido a hombros de su padre con un algodón de azúcar más grande que su cabeza.

Aterrizo en un peinado con laca que resiste como una muralla. Me encajo. Me tambaleo un poco hacia la izquierda. La Reina se ríe, me sujeta con la mano y le susurra a la de al lado: «Como se me caiga, me muero». No se me cae. Los peinados con laca son mi especialidad.

Desde arriba veo al Mister estrenando banda con cara de felicidad, al abuelo del botellín llorando a moco tendido y a la señora de la organización sacudiéndose purpurina del pelo, resignada.

Me espera un año de actos, fotos, carruseles y alguna caja de zapatos. Pero esta noche, en lo más alto de la Plaza de la Constitución, con toda la feria a mis pies, ya sé en qué cabeza vivo. Y brillo. Vaya si brillo.

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¡clic!
Siete peldaños y una bombilla rebelde. Ahora es la más formal de la calle.

Narra la escalera de un electricista

Que no salte nada

Recinto ferial, Llano de la Almazara · miércoles, 21:30

Soy una escalera de tijera. Siete peldaños, patas de fibra de vidrio amarilla y una pegatina en lo alto que prohíbe pisar el último. No soy de aluminio porque los electricistas no se fían de nada que conduzca. Yo, por no conducir, no conduzco ni la furgoneta: viajo en la baca, atada con dos pulpos.

Miércoles, nueve y media de la noche, y tengo las patas clavadas en el albero del Llano de la Almazara. Falta hora y media para el encendido. Las atracciones ya han subido la música, que hasta las nueve van calladitas, y los críos del Día del Niño corren de los caballitos a los coches de choque. El recinto, en cambio, sigue a oscuras: miles de bombillas esperando y cuatro electricistas con linterna en la frente comprobando que esperan para algo.

La portada grande no es cosa mía. Esa la repasan desde la grúa, que se da mucha importancia porque llega a todas partes. Dicen los de la grúa que allí arriba, tercera fila, a la izquierda del escudo, hay una bombilla que pregunta si le favorece el amarillo. A mí me toca lo que no sale en las fotos: cuadros, guirnaldas, arcos pequeños, enchufes de los puestos.

Desde las cinco de la tarde, Lucía me ha subido cincuenta y tres veces. Las he contado; es lo único que puede hacer una escalera mientras la pisan. Sube, mira, aprieta un borne, baja, me pliega, me carga al hombro y me abre diez metros más allá. Detrás va Andrés, el jefe de cuadrilla, con una libreta y un comprobador que pita como un pajarito. A él, de tanto agacharse, le cruje la rodilla. A mí, la bisagra. Nos entendemos.

Un niño con un globo de delfín le pregunta a Lucía si es ella la que enciende la feria. «Yo me aseguro de que, cuando alguien la encienda, pase algo», le contesta. El niño decide que eso es cosa de mayores y se va corriendo.

A las diez y cuarto aparece la rebelde: una bombilla de la guirnalda que cruza la calle de los puestos, justo encima de las almendras garrapiñadas. En la prueba se enciende, se apaga, se vuelve a encender y se lo piensa.

—Esa nos quiere tomar el pelo —dice Andrés.

Primero se corta la corriente. Siempre. Es lo primero que aprende una escalera de electricista, antes que su número de serie. Andrés baja la palanca, me pisa la pata con la bota, que es nuestra manera de darnos la mano, y Lucía sube. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Desenrosca, mira y se ríe: «No está fundida, está floja». «Como todos a estas horas», contesta Andrés. Un cuarto de vuelta, palanca arriba, y la rebelde luce fija, muy formalita, como si nunca hubiera roto un plato. Palanca abajo otra vez: todavía no es su hora.

A las once menos cuarto me pliegan y me dejan contra la furgoneta, entre un rollo de cable y un termo de café ya frío. La gente va llegando a la portada: carritos, pandillas, familias con la rebeca por si refresca. Nadie mira hacia aquí. Cuatro chalecos reflectantes a oscuras no son gran espectáculo.

A las once suena la cuenta atrás y la feria se enciende de abajo arriba. Se oye un aplauso larguísimo. Secreto de oficio: los electricistas no miran las luces. Miran el cuadro. Andrés tiene la linterna clavada en el diferencial, como quien espera un penalti. Uno, dos, tres segundos. No salta nada.

Entonces sí. Andrés apaga la linterna, Lucía se quita el casco y los cuatro levantan la vista con esa sonrisa pequeña del que sabe cuántas veces ha subido para que esto pase. Nadie les aplaude. Les da igual. Lucía me da dos palmaditas en el larguero: «Buen trabajo, compañera».

A las once y cuarto suben los cohetes. Por hoy, que suban otros.

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¡que empiece la feria!
22:30. Un pregón a muchas voces y un solo micrófono.

Narra el micrófono del pregón

Vibraciones a las diez y media

Plaza de la Constitución · miércoles, 22:30

Salí de la caja de cartón hace apenas cuarenta minutos. Todavía conservo pegado al cuerpo ese olor penetrante a plástico nuevo, a precinto recién rasgado y a cable que jamás ha probado la corriente. Mi vida útil empezó sin periodo de prueba ni fase de rodaje: pasé en un abrir y cerrar de ojos de la oscuridad de un almacén a estar encaramado en lo alto de un pie metálico, presidiendo el escenario principal de la Plaza de la Constitución. Del estante al estrellato en una tarde.

Son las diez y media de la noche del miércoles. Mirar hacia abajo desde esta altura corta la respiración, y eso que yo, técnicamente, no respiro. La plaza se ha convertido en una marea humana que amenaza con desbordar los callejones de Torrox. Cientos de cabezas se apretujan bajo las tiras de bombillas, los farolillos de papel tiemblan con la brisa marina y el murmullo de la multitud sube en oleadas densas, cargadas de olor a almendra garrapiñada y a churros recién fritos. Todos los ojos del pueblo apuntan en línea recta hacia donde estoy yo.

Hace un momento, el técnico de sonido me dio dos toques secos con la yema del pulgar para comprobar si respondía. Pom, pom. Retumbó en mi membrana con la violencia de una pedrada y temí que las soldaduras de la base se soltaran en directo. Luego sopló. Sopló. ¿Quién le ha enseñado a este hombre que a un micrófono se le sopla? Aguanté firme, sin un mal acople, con la dignidad de quien sabe que tiene una misión.

A las diez y cuarto me estrenan en serio: el concejal de Fiestas y el alcalde suben a dar el saluda, y yo aguanto el tipo como un veterano. Pero lo gordo viene después. A las diez y media, el pregón. Y este año no lo da una sola persona: lo da un grupo entero de coros y danzas del pueblo, al completo.

Suben al escenario en fila, con los trajes de gala, los mantones bien colocados, las castañuelas asomando por los bolsillos y esa mezcla de ilusión y nervios que se nota hasta en los tacones. Son muchos. Yo soy uno. Echo cuentas y me entra un sudor frío: si cada uno se acerca a tres milímetros de mi rejilla, esta noche voy a necesitar vacaciones.

El pregón va pasando de mano en mano. Una voz cuenta cómo era la feria de antes, con farolillos de papel y verbenas hasta el amanecer. Otra recuerda a los que ya no están, y la plaza entera se queda en silencio. Otra saca una anécdota que hace reír hasta al técnico de sonido. Yo voy saltando de palma en palma como el testigo de una carrera de relevos, y en cada mano noto un pulso distinto: una tiembla, otra aprieta y otra me agarra con tanto cariño que casi me emociono.

Hacia el final, alguien marca el compás con los nudillos sobre el atril. Suenan las castañuelas. Y el grupo entero se arranca con una copla de la tierra, a varias voces, que entra por mi rejilla como un vendaval y sale por los altavoces convertida en algo que no sé explicar. Por primera vez en mi corta vida entiendo para qué sirve un micrófono: no para que se oiga más fuerte, sino para que se oiga a todos a la vez.

Luego se acercan todos, apiñados alrededor de mi cúpula plateada, cogen aire a la vez y gritan a coro:

—¡Vecinos y vecinas de Torrox, que empiece la feria!

El impulso viaja como un relámpago por mi columna de cobre hacia los altavoces de la plaza. La multitud estalla en una ovación unánime de palmas, silbidos y vítores que hace temblar mis circuitos. Alguien tira un cohete. Un bebé se despierta. Una abuela de primera fila grita «¡guapos!», y no sé si va por ellos o por mí.

Mi bautismo de fuego ha sido un éxito rotundo. Desde este instante, la voz de todo un pueblo pasa por mi garganta: pregones, rifas, avisos de niños perdidos y algún que otro «que se mueva el coche mal aparcado». Soy el micrófono del pregón. Y pienso aguantar hasta el último «¡viva Torrox!».

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4.816 nº 4.817 ¡ohhh!
La portada, a las once en punto. La 4.816, guiñando el ojo.

Narra una bombilla de la portada

La bombilla número 4.817

Portada del recinto ferial · miércoles, 23:00

Soy la bombilla número 4.817 de la portada del recinto ferial, tercera fila empezando por arriba, a la izquierda del escudo. No es un puesto de relumbrón, lo reconozco. Las del centro se llevan todas las fotos. Pero desde aquí arriba, en el Llano de la Almazara, se ve la feria entera: las atracciones, los puestos de turrón, la noria dormida y un mar de gente esperando a que nos encendamos.

Porque esta noche, a las once, nos encienden. Las autoridades. Con discurso y todo. Y eso, para una bombilla de feria, es como la puesta de largo.

Llevamos colgadas desde hace una semana. Una semana de viento de poniente, de gaviotas curiosas y de operarios subidos a una grúa diciendo cosas como «esa fila no me da corriente» o «dale un golpecito, a ver». A mí me dieron dos golpecitos. Funcionaron. No voy a entrar en detalles.

A mi lado tengo a la 4.818, que es muy nerviosa. Lleva toda la tarde preguntando si se le notará el filamento, si le favorece el amarillo y si hay alguna posibilidad de que la cambien por una de esas modernas. «Las modernas no tienen alma», le digo, aunque técnicamente las dos somos modernas. Hay que animar a la gente.

A las diez y media corre un rumor por el cable, como una corriente de baja tensión. Que el alcalde ya está en la plaza. Que el concejal lleva el discurso en el bolsillo. Que hay un botón. Un botón gordo y rojo, dicen, como el de las películas. La 4.818 está convencida de que, si aprietan mal, explotamos todas. Le explico que no funciona así. No me cree. La 4.816, al otro lado, no opina: lleva fundida desde el martes y nadie se ha dado cuenta. Está viviendo la feria a oscuras, con una dignidad admirable.

Abajo, la gente empieza a mirar hacia arriba. Niños con globos. Parejas de la mano. Una pandilla de chavales con la camisa por fuera haciéndose fotos con la portada apagada «para el antes y el después». Una señora con un carrito le dice a su marido «este año han puesto más bombillas», y yo me hincho de orgullo, aunque somos las mismas del año pasado.

Llega el momento. Se hace un silencio raro, como cuando se apaga la luz en el cine. Alguien empieza la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho… Noto un cosquilleo en la rosca. Siete, seis… La 4.818 grita «¡que no quiero!». Cinco, cuatro… Una polilla enorme se me posa encima justo ahora, como una fan que se cuela en el escenario. Tres, dos…

Uno.

La corriente me atraviesa de golpe, de la rosca a la punta. Nos encendemos todas a la vez, en cascada, de abajo arriba, como si la portada entera respirara. Abajo se oye un «¡ohhh!» larguísimo, un «ohhh» de feria de toda la vida, y detrás un aplauso que llega hasta la noria. La polilla sale disparada, deslumbrada, a replantearse su vida.

La 4.818 brilla como nunca. Creo que llora un poco, aunque en una bombilla eso parece un reflejo. «¿Me veo bien?», pregunta. «Estás preciosa», le digo. Y es verdad.

La única que sigue apagada es la 4.816. Pero, fíjate, entre tanta luz, un hueco oscuro también tiene su gracia. Un niño la señala y le dice a su madre: «Mira, esa está guiñando el ojo».

Y así nos quedamos cinco noches seguidas, alumbrando besos, traspiés, churros y reencuentros. Tercera fila, a la izquierda del escudo. Si pasáis por la portada, saludad. Yo os estaré viendo.

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Jueves 1 de octubre

Primer día de feria

por si acaso
Abierta por la página siete; cantaban la tres. Nadie la mira, pero que no falte.

Narra la carpeta de partituras de un coro de mayores

Abierta por si acaso

Caseta del Mayor, Jardines de Picasso · jueves, 12:00

Me llaman «la carpeta de las partituras», y yo me dejo. Pero partituras, lo que se dice partituras, no llevo ni una: ni un pentagrama, ni una clave de sol. Llevo letras. Treinta y dos sevillanas y rumbas en negrita, cada una en su funda de plástico, y un lomo azul con una pegatina de girasol que se despega desde hace dos ferias.

Lo que de verdad llevo es lápiz. Un año de ensayos apuntado en los márgenes. «Aquí respirar». «NO correr», subrayado dos veces. «Entra la segunda fila». Una flecha que no sé adónde va. Y en la página once, el cerco de un café con leche de febrero que ya forma parte de la canción. El lápiz vive enganchado en mi anilla, con la goma gastada de tanto cambiar de opinión.

Soy de Loli. Loli se sabe todas las letras. Del derecho, del revés y con los ojos cerrados, que es como canta. No me ha mirado en un ensayo desde marzo. Pero no sube a cantar si no me lleva abierta entre las manos. Por si acaso. En este coro, el «por si acaso» tiene más antigüedad que el tamboril.

Jueves, primer día de feria, doce del mediodía, Caseta del Mayor, en los Jardines de Picasso. Decimotercer encuentro de coros rocieros de mayores. Llegan el coro del pueblo, el de Torrox Costa y los de Nerja y Vélez-Málaga. Pañuelos al cuello, flores en el pelo, blusas recién planchadas y cuatro guitarras afinando a la vez, cada una convencida de que la desafinada es la de al lado.

Y llegan las otras carpetas. Una roja de la costa, con las fundas onduladas de humedad. Una de lunares que no para de presumir. Y una de Vélez tan gorda que ya no cierra y va sujeta con una goma elástica. Nos miramos como se miran las carpetas: por los márgenes. La de Vélez tiene más lápiz que yo. No pienso decírselo a nadie.

Nos toca. Loli se coloca en la segunda fila, me abre, respira hondo y el director cuenta con la barbilla. Primera sevillana. Voy abierta por la página siete. Están cantando la tres. Da igual. Loli canta con una sonrisa que no le cabe en el pañuelo, y yo tiemblo un poquito en sus manos con cada «¡olé!» del público.

Mientras cantan los demás descubro algo: cantamos casi las mismas canciones, pero cada coro respira en un sitio distinto. Nosotros cogemos aire antes del estribillo; los de Nerja, justo después. Llevo un año apuntando dónde respirar y resulta que el aire se reparte como a cada uno le viene bien.

Al final pasa lo que tiene que pasar: los cuatro coros acaban arriba a la vez, apretados en un escenario pensado para uno, cantando la misma sevillana. Nadie abre una carpeta. No hace falta. Loli me cierra, me sujeta contra el pecho y canta como si la letra la hubiera escrito ella.

Luego vienen los bailes latinos: cumbia, salsa, pasodobles. Loli me deja encima del estuche de una guitarra y se marca un pasodoble con un señor de Vélez que lleva el compás hasta con las cejas. Después, una salsa con dos vecinas de la costa. Loli, que en los ensayos no se mueve de su baldosa, da más vueltas que la noria del Llano de la Almazara.

Cuando se para la música, me recoge del estuche y me mira por primera vez en todo el día. Saca el lápiz de la anilla y, en la última página, debajo de la sevillana del final, escribe con letra redonda: «Aquí, todos juntos».

Es la anotación más bonita que llevo. Y la única que no habrá que ensayar. A las seis de la tarde cantan otros coros en esta misma caseta. Loli dice que vendrá solo a escuchar. Ya me ha metido en el bolso. Por si acaso.

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devolver a…
Las copas acabarán en una vitrina. La mesa, en la chocolatada de las seis y media.

Narra una mesa plegable

Devolver a…

Caseta del Mayor, Jardines de Picasso · jueves, 14:00

No sé de quién soy. Lo digo sin drama: en una mesa plegable es lo más normal. Tablero blanco, patas de tubo que se doblan hacia dentro y un pestillo que solo entiende la gente con paciencia. Por debajo, con rotulador, pone «DEVOLVER A» y, detrás, seis nombres de asociaciones tachados uno encima de otro. El último tampoco es el bueno.

Me han prestado tantas veces que ya no vuelvo: me voy pasando. Una peña me deja en la puerta de un club, el club me sube a la furgoneta de una hermandad y la hermandad me presta a las madres y padres del colegio. Lo único mío es un cartón de caja de galletas, doblado en cuatro, para la pata que cojea. Todo el que me monta lo sabe.

Mi currículum cabe en mis manchas. Un redondel de chocolate que no sale ni con lejía. El rastro de celo del boli de las inscripciones, porque en feria los bolis emigran. Y una esquina pegajosa de cuando vendí papeletas benéficas para una cesta con aceite, turrón y una manta. La ganó un chiquillo que se fue a casa con la manta puesta, como un superhéroe de sofá.

El martes estuve en los juegos de mesa del centro de mayores. Yo, de mesa; ellos, jugando. Nunca me han dejado tirar un dado. El miércoles, en el Complejo La Granja, apunté a las parejas del torneo de petanca, que se inscribían con una letra preciosa y una seriedad de notaría.

Hoy, jueves, me toca la Caseta del Mayor, en los Jardines de Picasso. A mediodía cantan los coros de mayores y luego hay cumbia, salsa y pasodobles. Yo espero plegada detrás, junto a una caja de zapatos llena de medallas, y con el pasodoble me tiemblan las bisagras. Lo llevo en el hierro.

A la una y media vienen a montarme dos voluntarios. Abrirme tiene su ceremonia: se tira del pestillo, se empuja la pata con la rodilla y se dice «ya está» dos veces, porque la primera nunca está. Luego alguien se agacha a buscar el cartón. El cartón siempre está. Encima, una sábana planchada en alguna casa del pueblo y dos pinzas de tender.

Y llegan las copas: doradas, de plástico, con un jugador diminuto encima que siempre parece a punto de decir algo. Las grandes detrás y las pequeñas delante, como en las fotos de boda. Pesan poquísimo. Lo que pesa es lo demás: la caseta llena, gente de pie al fondo y un nieto que pregunta en voz alta cuál es la de su abuela.

A las dos empieza la entrega. Con cada nombre, alguien se levanta, cruza la caseta entre aplausos y viene derecho hacia mí. Una pareja de la petanca levanta la copa más alta como si fuera la de Europa. En cada foto hay una mano apoyada en mi borde. Aguanto. Para eso llevo el cartón.

Las copas se van a vitrinas y a mesitas de salón. A mí nadie me aplaude, y lo entiendo. Lo que me escuece es que tampoco aplaudan a los que me han traído. Esa gente llega la primera, con llaves de almacenes que no son suyos, y se va la última, con las manos oliendo a hierro. Entre medias monta, apunta, sirve y recoge sillas cuando se apaga la música. En el cartel de la feria no sale. Sale todo lo demás.

A las cuatro nadie me pliega. Me arrastran tres metros y me ponen un hule de flores: a las seis y media hay chocolatada. Una señora me da dos golpecitos y avisa de que el viernes me quiere para las servilletas de la paella. Antes de irse se agacha, busca un hueco bajo los seis nombres tachados y escribe con rotulador: «A QUIEN LA NECESITE».

Es la primera vez que alguien acierta con mi dirección.

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para los patronos
Doce gladiolos, seis claveles y una mancha de chocolate.

Narra una ofrenda floral

Gladiolos con olor a chocolate

Paseo de las Moreas · jueves, 17:00

Nadie en su sano juicio llamaría desayuno a meterse entre pecho y espalda una rueda de churros con chocolate a las cinco de la tarde de un jueves, pero en plena feria los relojes pierden cualquier atisbo de vergüenza. Mi portadora, una mujer de paso enérgico y moño tan tirante que le hace de estiramiento facial, decidió que antes de cumplir con el deber sagrado había que alimentar el cuerpo. «Con el estómago vacío no se reza bien», sentenció. Y así pasé mis primeros veinte minutos de vida social: tumbado sobre una mesa del Paseo de las Moreas, esquivando gotas de pringue caliente y humaredas de fritura que casi marchitan mis claveles antes de tiempo.

Conviene aclarar que yo no soy un ramillete cualquiera de balcón. Soy una ofrenda formal para los santos patronos de Torrox. Doce gladiolos blancos impolutos, media docena de claveles carmín y un lazo de seda verde que ahora mismo viaja apretado contra un antebrazo sudoroso. En la floristería me trataron como a un príncipe: agua fresca, papel de celofán y un «qué bonito ha quedado» de la dependienta. Y ahora huelo a churrería. Así es la vida de un ramo.

Durante la merienda, un camarero me miró y preguntó si me ponía en agua. Mi dueña le dijo que no, que yo aguantaba. Aguantar, aguanto. Pero una gota de chocolate me cayó en un pétalo y nadie la limpió. La llevo como una medalla.

El verdadero drama empezó al ponernos en marcha cuesta arriba. La comitiva hacia la Plaza de la Constitución es un río espeso de devoción, mantoncillos y empujones bienintencionados. A las cinco y diez, un señor despistado con gafas de sol retrocedió de espaldas mientras masticaba un tejeringo y estuvo a punto de decapitar a mis tres gladiolos de la esquina derecha. Mi dueña lo esquivó con un quiebro de cadera que ya quisiera un torero. El señor ni se enteró.

Dos esquinas más adelante, un niño con un globo de helio en forma de tractor intentó enredar la cuerda entre mis tallos. Durante unos segundos angustiosos, el tractor y yo formamos una sola unidad aerostática. Si llega a soplar un poco de levante, me presento en Nerja. La madre del niño deshizo el nudo pidiendo perdón y mi dueña contestó «no pasa nada, hija», con esa sonrisa que en realidad significa «como se rompa un gladiolo, hablamos».

Aguanté los tirones con una dignidad vegetal encomiable, encogiendo los pétalos cada vez que un abanico agitado a reacción pasaba afeitándome la corola. En esta feria los abanicos no abanican: despegan.

Desde mi atalaya diviso ya las andas de la Virgen de las Nieves y de San Roque recortadas contra el cielo despejado. Suenan las campanas. Me crujen los tallos por la presión de los dedos de mi dueña, que aprieta el paso entre vivas y repiques, abriéndose hueco con los codos como si estuviera en las rebajas.

Llegaré al altar oliendo más a azúcar quemado y a manteca que a campo silvestre, eso seguro. Pero llegaré entero, con mis doce gladiolos, mis seis claveles y una mancha de chocolate que, bien mirada, parece un lunar de flamenca. En Torrox, hasta las flores sabemos que, para ganarse el cielo, primero hay que sobrevivir a la feria.

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♪ ♫ ♪ ¡está pillada!
Un bolso de mimbre reserva una silla. Un bolso, y una señora a tres metros.

Narra una silla de plástico

La silla más deseada del Bolerazo

Plaza de la Constitución · jueves, 18:00

Hay objetos que nacen para brillar y objetos que nacen para aguantar. Yo soy de los segundos. Soy una silla de plástico blanca, modelo terraza, con las patas algo abiertas y un arañazo en el respaldo de cuando me usaron de escalera en una boda. En la Plaza de la Constitución hay muchas como yo. Pero el jueves de feria, a las seis de la tarde, cuando empieza el Bolerazo, somos lo más codiciado del pueblo. Más que una sombra. Más que un aparcamiento libre.

Porque el Bolerazo de «La Movida del Tardeo» es cosa seria: tres horas de boleros, y media Axarquía con ganas de escucharlos sentada. Y sillas, lo que se dice sillas, no hay para todos.

A las cinco y cuarto llegan las primeras. Tres señoras con abanico, avanzadilla de una peña de amigas que se hace llamar «Las del Abanico Rápido». No se sientan: reservan. Y la reserva de sillas en feria tiene un reglamento no escrito más complicado que el Código Civil. Un bolso encima vale por una persona. Una chaqueta, por media. Un abanico abierto, por alguien que «ahora viene». Una bolsa de pipas no reserva nada, pero intimida.

Encima de mí ponen un bolso de mimbre del tamaño de una maleta de cabina. Ya tengo dueña.

Durante una hora larga me defiendo sola. Pasa un señor con un helado que me mira con intención; ve el bolso y sigue de largo. Pasa una pareja joven; ella hace el gesto de cogerme y él le toca el brazo y señala el mimbre con el respeto con que se señala un escudo nobiliario. Pasa un niño que pregunta si puede sentarse «un momentito». El bolso no contesta, pero una de las señoras, desde tres metros, sí: «Está pillada, cariño». Tiene oído de lince.

A las seis empiezan los boleros. Mi dueña es una mujer alegre, con vestido de flores y una manera de cantar por lo bajo que me hace vibrar el asiento. Suspira en los estribillos y se abanica en las estrofas. En «Historia de un amor» se le escapa una lágrima que cae justo en mi borde.

Y entonces llega el peligro. Suena un bolero lento, precioso, y un señor de pelo blanco y camisa impecable le tiende la mano: «¿Bailamos?». Ella duda medio segundo. Mira el bolso. Mira la silla. Mira al señor. Y se levanta.

Error táctico. En cuanto se aleja cuatro pasos, una señora de otra peña, que llevaba tres cuartos de hora de pie, me ve libre. Mide la distancia. Duda. Pero el bolso solo reserva mientras la dueña está a la vista, y ahora la dueña está bailando pegadita a un caballero. La recién llegada aparta el bolso con mucho cuidado, lo deja en el suelo y se sienta.

Lo que viene después no lo cuenta ningún bolero. Mi dueña vuelve, ve la escena, deja al caballero a mitad de frase y cruza la pista con una determinación de rebajas de enero. Hay una conversación rápida, en voz baja, llena de «perdona, hija», «es que estaba libre» y «libre no, que estaba el bolso». Las del Abanico Rápido se ponen en pie, solidarias. La otra peña también. Durante unos segundos, la plaza contiene el aliento.

Y entonces, desde el escenario, alguien que lo ha visto todo se acerca al micrófono: «Esta va dedicada a las dos señoras de la silla». Y arranca «Dos gardenias».

La plaza entera se ríe y aplaude. Las dos señoras se miran, se echan a reír también y acaban compartiéndome: una sentada y la otra apoyada en el respaldo, cantando juntas. Al final de la tarde se dan los teléfonos.

Acabé la noche apilada con otras cuarenta sillas, con una marca de carmín en el respaldo y el arañazo de siempre. Pero con la satisfacción de haber unido a dos peñas. Hay sillas que sirven para sentarse. Y hay sillas que hacen historia.

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¡tilín!
Trayectoria aproximada de un pendiente con sesenta años de servicio.

Narra un pendiente de filigrana

La fuga del aro de oro

Caseta del Mayor, Jardines de Picasso · jueves, 18:00

Sobrevivir sesenta años en el joyero de Carmen para terminar rodando bajo una mesa plegable de la Caseta del Mayor no entraba en mis planes de jubilación. Yo no soy una baratija de plástico del bazar de la esquina, de esas que a la segunda feria se ponen verdes de vergüenza. Soy un aro de filigrana dorada, macizo y noble, encargado en su día para una boda en la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación. He visto pasar modas, peinados de laca capaces de resistir un vendaval y generaciones enteras de nietos que me confundían con un chupete. Por eso, que mi destino quedara sellado por culpa de un pasodoble mal medido en plenos Jardines de Picasso me parece, como poco, un agravio imperdonable.

La culpable fue la orquesta. A eso de las seis de la tarde, el teclista decidió atacar «Campanera» con un entusiasmo desmedido. Carmen, animada por un vasito de anís («solo uno, para el frío», dijo, a veintiocho grados) y por el ambiente festivo, se vino arriba. Se ajustó el mantoncillo sobre los hombros, sacudió la permanente hacia atrás con un brío impropio de sus ochenta y dos años y se lanzó a la pista del brazo de Paco, que baila poco pero agarra bien.

Primer giro: perfecto. Segundo giro: Carmen se creyó Lola Flores. Y fue justo ahí cuando el cierre de presión de mi lóbulo, fatigado por décadas de servicio sin una sola baja, dijo basta.

Me desprendí en silencio, describí una parábola perfecta en el aire espeso de la caseta, reboté contra un plato de plástico con restos de ensaladilla y aterricé sobre los adoquines con un tintineo que nadie oyó. Sesenta años de lealtad y ni un triste «¡ay!».

Desde el suelo, el mundo del mayor es una selva peligrosa. La perspectiva cambia mucho cuando mides tres centímetros de diámetro y estás rodeado por un bosque de patas de sillas de aluminio, bastones con contera de goma y zapatos ortopédicos que se arrastran al compás del dos por cuatro. En cinco minutos esquivé dos tacones bajos de charol, una servilleta pringada de chocolate y la rueda del andador de don Julián, que pasó a escasos milímetros de mi filigrana. Don Julián, por cierto, baila con andador mejor que muchos sin él.

Carmen ni se enteró. Seguía braceando con soltura, sonriendo a las vecinas y exhibiendo su oreja izquierda desnuda como quien enseña un lunar nuevo. Mi pareja, el aro derecho, seguía colgado de la otra oreja, y juraría que me miraba de reojo con aire de superioridad. Siempre fue el más estable de los dos. Y el más pedante.

De pronto, un zapato de terciopelo negro frenó en seco frente a mí. Una mano enjoyada, llena de anillos antiguos y con un pulso tembloroso pero certero, bajó despacio entre el mantel de papel y el refajo, como la grúa de la tómbola que nunca coge el peluche. Solo que esta sí me cogió.

—¡Vaya por Dios, Carmen! —gritó Encarna, alzándome entre sus dedos nudosos con la satisfacción de quien encuentra un tesoro pirata—. ¡Que te vas dejando el ajuar por las esquinas!

—¡Ay, mi arete! —dijo Carmen, llevándose la mano a la oreja—. ¡Si es que bailo con tanto arte que se me cae la joyería!

Soltó una carcajada que resonó por encima de los platillos, me dio un beso rápido y me devolvió a mi sitio de un clic. Paco ya la esperaba con los brazos abiertos, y el teclista, ese irresponsable, había empezado «Paquito el Chocolatero».

Supongo que me toca aguantar, al menos, otras tres piezas más. Me he agarrado al lóbulo con todas mis fuerzas.

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¡que hay para todos!
Una taza exacta por cucharada. Ni una gota más. Ni una gota menos.

Narra el cucharón de la chocolatada

Una taza para la vecina

Caseta del Mayor, Jardines de Picasso · jueves, 18:30

A mí me sacan una vez al año. El resto del tiempo vivo colgado de un clavo, en una cocina, entre un colador con historia y un calendario de hace tres años que nadie quita porque tiene una foto muy bonita del río. Soy un cucharón. De acero, mango largo y capacidad exacta de una taza de chocolate bien servida. Ni una gota más. Ni una gota menos. Eso me lo enseñó la Pepa, que es la que manda en la olla y tiene el pulso de un cirujano y la paciencia de una santa.

El jueves de feria, a las seis y media de la tarde, me toca trabajar en la Caseta del Mayor, en los Jardines de Picasso. La chocolatada que preparan las mujeres de una asociación del pueblo. El acontecimiento gastronómico más esperado del calendario, por delante de Nochebuena y muy por delante de cualquier boda.

La olla es enorme. Si me cayera dentro, me encontrarían en Semana Santa. El chocolate lleva desde las cinco removiéndose con paciencia de alquimista: leche, chocolate a la taza y un secreto que se pasan unas a otras en voz baja y que yo, por lealtad, no pienso revelar. Solo diré que huele a infancia. Y a canela. Uy, ya lo he dicho.

A las seis y cuarto ya hay cola. A las seis y veinte, la cola da la vuelta a la caseta. A las seis y veinticinco, un señor con boina intenta colarse con el argumento de que él «solo viene a mirar». Nadie viene a mirar una chocolatada. La Lola, que controla la cola con la autoridad de un guardia de tráfico, lo manda al final con una sonrisa que no admite discusión.

Empieza el servicio. Me hundo en la olla, subo, lleno la taza y vuelvo a hundirme. Dentro, fuera. Dentro, fuera. Soy una máquina. A mi lado, otra compañera reparte churros con unas pinzas a una velocidad que debería estar prohibida. Otra recoge vasos. Otra anima: «¡Que hay para todos, no empujéis!». Es una coreografía perfecta.

Desde mi puesto veo pasar al pueblo entero. Veo a una abuela que pide «poquito, que estoy a régimen» y luego pide que le echen un poquito más. Veo a un nieto que se mancha hasta las cejas y dice que ha sido el primo. Veo a un matrimonio que lleva cincuenta años compartiendo taza porque, según él, «así se enfría antes» y, según ella, «así no se lo bebe todo él».

Y veo al señor de la boina, que ya va por su tercera vuelta. Cada vez trae una excusa distinta. La primera taza era para su mujer. La segunda, para su hermana. La tercera, para «una vecina que no puede andar». La Pepa lo mira por encima de las gafas, me hunde hasta el fondo de la olla y le sirve una taza de las buenas. «Para la vecina», le dice. «Para la vecina», contesta él. Los dos saben que no hay vecina. Eso también es feria.

A las siete y media la olla empieza a enseñar el fondo. Me toca rascar, que es la parte más difícil y la más apreciada, porque el chocolate del fondo es el más espeso, el que sabe a gloria. Hay gente que espera a propósito. Gente sabia.

Cuando termina todo, me lavan con agua caliente, me secan con un paño bordado y me cuelgan otra vez del clavo, junto al colador y al calendario del río. Huelo a chocolate durante una semana. No me quejo.

Me queda un año entero hasta la próxima chocolatada. Pero el jueves, durante una hora, fui el cucharón más importante de Torrox. Y el señor de la boina, estoy seguro, también se acuerda de mí.

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Confitería ¡Hala!
Lunar rescatado. Crema en el vestido: cero.

Protagoniza Nieves, cuatro años

El rescate de los lunares

Calle Calzada · jueves, por la tarde

Subir la Calle Calzada con apenas cuatro años y un vestido de flamenca con más almidón que la camisa de un novio es una empresa de proporciones épicas. Nieves caminaba decidida, balanceando los volantes celestes con cada paso corto y mirando de reojo cómo los flecos del mantoncillo le hacían cosquillas en los brazos. Cada tres pasos se paraba a comprobar que los volantes seguían ahí. Seguían.

Para ella, aquella no era una tarde cualquiera: era su primera feria de verdad. Las anteriores no contaban, porque o iba en el carrito o se quedaba dormida antes de llegar a los cacharritos. Esta vez no. Esta vez llevaba flor en el pelo, pendientes de clip y una misión: verlo todo. Un mundo gigante de bombillas de colores colgadas del cielo, música lejana y un murmullo alegre que bajaba rodando por la cuesta empedrada de Torrox.

A mitad de subida, frente a la vitrina de una confitería, las pequeñas alpargatas frenaron en seco. Como un coche en un control.

—¡Mira, mamá! —señaló con el dedo índice pegado al cristal, fascinada por una hilera de pastelitos cubiertos de crema tostada.

Sus padres cruzaron una mirada de complicidad resignada. Sabían de sobra que negociar con una flamenca decidida a mitad de cuesta era una batalla perdida. El padre probó con el clásico «luego, a la vuelta». Nieves le respondió con la mirada de quien sabe que «luego, a la vuelta» es un idioma inventado por los mayores para no comprar nada. Minutos después sostenía el botín entre las dos manos con la cautela de quien transporta dinamita.

Dio un primer mordisco entusiasta, cerrando los ojos para saborear el azúcar como una catadora profesional. Pero la física de las ferias no perdona. Una gota espesa y traicionera de crema resbaló por la comisura de sus labios, dudó un instante en la barbilla, como pensándoselo, y aterrizó en picado sobre un lunar blanco del pecho.

El silencio que siguió fue absoluto. Hasta la banda municipal, a lo lejos, pareció bajar el volumen. Nieves bajó la barbilla, abrió los ojos como platos y clavó la vista en el desastre. El lunar blanco ya no era blanco. Era un lunar herido. La comisura de sus labios empezó a temblar, amenazando con desatar un llanto capaz de competir en decibelios con la charanga entera.

El padre, con toda su buena voluntad, sacó una servilleta de papel de las que raspan. Buena intención, mala herramienta: habría convertido la mancha en un mapa del tiempo.

Fue entonces cuando la madre ejecutó una maniobra digna de prestidigitador. Con la destreza que solo da la veteranía, abrió el bolso de un tirón (ese bolso donde conviven tiritas, un chupete jubilado, tres horquillas, caramelos de menta y un DNI de hace dos renovaciones), sacó una toallita húmeda como quien desenfunda un florete y, en dos pasadas firmes y circulares, borró la mancha sin dejar rastro.

—¡Hala! —dijo, guardando el arma secreta—. Como si no hubiera pasado nada. Anda, cómetelo antes de que llegue a los volantes de abajo.

Nieves parpadeó. Tocó el lunar impecable con la yema del dedo, como quien comprueba que un milagro es de verdad. Y sonrió de oreja a oreja, con esa sonrisa que ponen los niños cuando descubren que su madre tiene poderes.

Se limpió los bigotes de azúcar con el dorso de la mano, le ofreció un trocito al padre como premio de consolación y reanudó la marcha cuesta arriba, lista para comerse la feria a bocados. Con cuidado, eso sí. Muy inclinada hacia delante.

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sí, sí, uno, dos
Dos dedos en el fader y la plaza entera en los cascos. El pitido no llegó a nacer.

Narra la mesa de sonido del escenario

Probando, sí, sí

Plaza de la Constitución · jueves, 23:00

Vivo en mitad de la Plaza de la Constitución, en una isla de vallas y lona que los técnicos llaman «el control» y el público, «eso de ahí en medio». Soy la mesa de sonido del escenario: cuarenta y ocho canales, cientos de ruedecitas y una fila de lucecitas que se ponen verdes, amarillas o rojas según venga la noche. Los niños creen que soy la cabina de un avión. No van desencaminados: desde aquí también se despega.

Mi técnica está conmigo desde las cuatro de la tarde. Cascos al cuello, linterna en el bolsillo y un rollo de cinta de carrocero con el que me pone etiquetas a boli: «VOZ», «BOMBO», «GUITARRA 2». Hay un canal que pone «¿?». Nadie sabe qué es. Ella no lo toca nunca. Le tenemos respeto.

Lo que más he oído hoy es su voz, mientras recorría la plaza vacía con los cascos puestos: «Probando, sí, sí. Uno, dos. Uno, dos». Lo ha repetido tantas veces que ya tiene estribillo. Si lo grabara, sería la canción del verano. Del otoño, perdón.

A las seis llegó el tardeo de boleros y la plaza, que aún olía a las flores de la ofrenda, se llenó de parejas bailando agarradas. Ella les ponía un poquito de eco, porque un bolero sin eco es un abrazo con prisa. A las nueve empezó el otro baile, el de los cables: chavales de negro empujando cajas con ruedas y el de luces en su torre, hablando con ella por señas, como dos buceadores.

Luego llega la gente a la valla. Un señor pregunta si le pueden poner «una de las de antes», como si yo fuera una gramola. Una muchacha deja un refresco encima de mi tapa y mi técnica se lo devuelve con una sonrisa que da un poco de miedo: «Aquí, ni agua». La muchacha me pide perdón. A mí. Me cae bien.

A las once sale el artista de la noche, uno de esos cantantes que media plaza se sabe de memoria. Primer acorde. Mis lucecitas saltan al amarillo. Ella se pone los cascos y apoya dos dedos en el fader de la voz. No baila. No mueve la cabeza. Mueve milímetros.

En la tercera canción, el cantante baja al borde del escenario a saludar y, sin querer, apunta el micrófono hacia un altavoz. Lo noto antes que nadie: un pitido que nace fino como un mosquito y en medio segundo quiere ser sirena. Pero ella ya tiene el dedo en la ruedecita justa, baja esa frecuencia tres puntitos y el pitido se apaga antes de aprender a andar. Nadie lo ha oído. Solo nosotras dos. Lo celebra con un trago de agua. Lejos de mí, claro.

Después llega la canción que todos esperaban. El cantante gira el micrófono hacia el público, ella baja la banda casi a nada y la plaza canta sola, un coro sin cables ni etiquetas. Mis lucecitas no lo miden, pero yo lo noto en las patas y en cada tornillo. Es el único canal que no tengo, y el que mejor suena de toda la feria.

Al terminar, la gente se va comentando que qué voz y que qué noche. Nadie dice «qué bien se oía». El de luces se lo hace notar a mi técnica. Ella se encoge de hombros:

—Si se oye bien, nadie se acuerda del sonido. Si se oye mal, se acuerdan hasta de mi nombre.

—Como las luces —dice él—. A mí solo me miran cuando se funde un foco.

Luego sube el grupo de versiones de pop y rock, y ella vuelve a empezar. A las tantas me tapa con la funda, me da dos palmaditas y me dice «buen trabajo, compañera». Mañana, a las cuatro, otra vez: «Probando, sí, sí. Uno, dos». Ya me la sé. Es mi canción favorita.

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Conejito 5:40
Las seis menos veinte en el Conejito. El clavel no se ha bajado en toda la noche.

Narra el volante del autobús de noche

Curvas de algodón

Estación Central (Conejito), Torrox Costa · noche del jueves, 5:40

Son las seis menos veinte y estoy parado en la Estación Central de Torrox Costa, la que aquí todo el mundo llama el Conejito. Soy el volante del autobús de la feria: grande, casi tumbado, con la funda gastada justo donde se apoyan los pulgares. Desde las nueve y media de la noche no me han soltado.

Esta noche hago la Línea 1: El Morche, Torrox Costa, Torrox Convento, y vuelta a empezar. Cuando nos cruzamos con el de la Línea 2, que viene de El Peñoncillo, los conductores se saludan levantando dos dedos sin soltarme. Esos dos dedos son toda mi vida social.

El viaje es gratis, y hay que repetirlo, porque los chavales que vuelven de la Zona Joven de La Granja lo preguntan siempre, como si fuera una trampa. Suben con la sudadera atada a la cintura, la voz rota de cantar lo que ponía el DJ y un paquete de chicles que va de mano en mano hasta volver vacío a su dueño. Al bajar dicen «gracias, jefe». El conductor no es jefe de nada, pero le hace ilusión.

A la una subió una abuela con su nieta dormida en brazos, vestida de flamenca desde la ofrenda de la tarde. Siete volantes de lunares, arrugados de tanto feriar. Somos colegas, la niña y yo. Ella tiene siete volantes y yo solo uno, pero giro más.

Esa vez el conductor me cogió como quien lleva una taza llena hasta el borde. Bajó hacia la Costa sin un frenazo, curvas de algodón, y la niña no abrió un ojo. En su parada, la abuela le sacó del moño un clavel rojo y lo dejó en el salpicadero: «Para usted, que nos ha traído en una cuna». Ahí sigue. Es el único pasajero que ha hecho la noche entera.

A las tres, una pareja con una jirafa de peluche de la tómbola, metro y medio de cuello. Como sentada no cabía, viajó de pie, apoyada en la barra, muy formal. Ella explicó que había costado once papeletas. Fue la única pasajera que no dio las buenas noches.

Pasadas las cuatro sube la gente que ha hecho la feria por dentro: camareros de las casetas con olor a plancha en el pelo, un electricista que aún lleva la linterna en la frente por si se funde algo por el camino, dos voluntarias de Protección Civil que hablan de cualquier cosa menos de la feria. Uno se duerme con la boca abierta y nadie le hace una foto. Entre gente de turno de noche, eso es ley.

Por el parabrisas veo a los de la limpieza, que empiezan cuando los demás acaban. Una patrulla de la Policía Local nos da paso en un cruce y el conductor le devuelve el saludo con los dos dedos. Hoy estoy de lo más sociable.

Cada vez que alguien se baja, pienso en los coches que esta noche se han quedado en casa. En sus volantes, dormidos en el garaje, sin buscar aparcamiento a las tantas ni pelearse con el sueño en una rotonda. Me deben una.

Ahora el conductor se termina medio bocadillo de tortilla envuelto en papel de plata, mira el reloj y aprieta la funda justo donde está gastada. «Venga, la última», me dice bajito. A las seis es el último regreso, y nos toca a nosotros.

Dicen que el último autobús de la feria llega con el amanecer. Mentira. En octubre, a las seis, el mar sigue negro como la tinta y el sol no asoma hasta pasadas las ocho. Ahí fuera solo brillan las luces de dos barcas, la farola de la parada y el clavel del salpicadero.

A mí me basta. Esta noche he visto amanecer un montón de veces: cada vez que alguien se ha dormido en un asiento y se ha despertado justo en su parada.

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Viernes 2 de octubre

Segundo día de feria

socarrat
Metro y medio de diámetro. Lo que diga el arroz.

Narra la paellera gigante

Lo que diga el arroz

Caseta del Mayor, Jardines de Picasso · viernes, 14:30

Mido metro y medio de diámetro, peso lo que un ternero y paso el año en un almacén, detrás de unas vallas de obra y un belén desmontado. Soy la paellera de la Gran Paella para nuestros mayores. Y el viernes de feria, a las dos y media, en la Caseta del Mayor, soy la reina de los Jardines de Picasso.

Mi día empieza temprano. A las diez de la mañana ya estoy sobre el fuego, con tres quemadores rugiendo debajo como un dragón con acidez. Encima, el cocinero: un hombre grande, con delantal, gorro y un remo de madera que maneja como si estuviera cruzando el Estrecho. Lo llaman el Curro y dicen que lleva haciendo esta paella desde antes de que yo existiera. Me trata con cariño y con firmeza, que es como hay que tratar a una paellera.

Primero va el aceite, un chorro generoso que chisporrotea por toda mi superficie y me hace cosquillas. Luego el pollo, el conejo y las verduras. El sofrito tarda lo que tiene que tardar, y el Curro no admite prisas. Cuando alguien de la organización se acerca a preguntar «¿cuánto le queda?», el Curro ni levanta la vista: «Lo que diga el arroz». Y se retiran con respeto. Aquí manda el arroz.

A media mañana llega el momento delicado: la visita de los expertos. Porque alrededor de una paella gigante siempre se forma, de manera espontánea, un comité de señores con las manos a la espalda que opinan. Uno dice que le falta azafrán. Otro, que le sobra. Un tercero, que estuvo una vez en Valencia, asegura que allí no le echan eso. Otro le contesta que «esto es Torrox, no Valencia», y se monta un debate con más pasión que un derbi. El Curro no escucha a ninguno. Remueve. Sonríe. Sigue a lo suyo.

Hacia la una, el olor se escapa de la caseta y empieza a recorrer el pueblo. Sube por las cuestas, se cuela por las ventanas y despierta a los que dormían la noche anterior. Dicen que un perro bajó solo desde la Calle Alta siguiendo el rastro. Dicen que un turista preguntó si hacía falta entrada.

Entonces llega el arroz. Cae como una lluvia, en cruz, como manda la tradición, y siento que se me llena el alma. El caldo hierve, las burbujas bailan y el Curro reparte el grano con el remo como quien pinta un cuadro. A partir de aquí, silencio. Nadie toca nada. Ni el comité de expertos se atreve a opinar.

Y luego viene lo mío. Lo que espero todo el año. El socarrat: esa capa de arroz tostado pegada al fondo, crujiente y dorada, que es la gloria de cualquier paellera. El Curro baja el fuego y escucha, porque el socarrat se oye, cruje como papel de celofán. En el momento justo apaga los quemadores. Me dejan reposar cinco minutos con un paño por encima. Los cinco minutos más largos de mi vida.

A las dos y media se sirve. Los platos pasan por encima de mí rumbo a las mesas de nuestros mayores, que esperan con la servilleta al cuello y el hambre de quien ha bailado toda la mañana. Llueven los «¡qué buena está!», los «como la de antes» y un «esta sí» del señor que estuvo en Valencia, que en su boca equivale a un premio nacional.

Al final, cuando ya casi no queda nada, se acercan tres abuelas con cuchara propia a rascar el socarrat de mis bordes. Lo hacen en silencio, con técnica y sin prisa, como quien busca oro en un río. Y yo me dejo. Para eso estoy.

Por la tarde me lavarán con manguera y volveré al almacén, junto al belén desmontado. Pero me iré contenta. Me rascaron hasta el último grano, que es el mayor elogio que se le puede hacer a una paellera.

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un, dos… ¡pum!
La trompeta, medio compás antes. El pum, cuando toca.

Narra el bombo de una charanga

Un pum a tiempo

Plaza de la Constitución · viernes, 16:30

Soy un bombo. Redondo, con dos parches tirantes, unas cuerdas en zigzag alrededor de la barriga y un platillo atornillado encima, como un sombrero de boda. En una charanga, cada uno tiene su oficio: la trompeta canta, el trombón presume, la caja chismorrea. Yo solo sé decir una palabra: pum. Pero la digo cuando hay que decirla, y detrás echa a andar todo el mundo.

Es viernes de feria, las cuatro y media, y estamos en la Plaza de la Constitución. A las cinco sale el Carrusel de Caballos desde La Granja camino del Convento, y nos toca ir calentando la tarde. Calentarla más, porque el sol de Torrox no se ha enterado de que ya es octubre. Tengo el parche tan estirado que, si alguien me mira fijamente, sueno.

Me lleva Maribel, colgado del pecho con un arnés de cuero. Entre semana trabaja en una oficina y los martes ensaya en un garaje que huele a funda de instrumento. Nadie aplaude los ensayos, ni las furgonetas cargadas a las tantas, ni las camisas de manga larga a pleno sol. La gente ve la fiesta. Nosotros sabemos lo que cuesta que parezca fácil.

Luego está el trompetista. Buen músico, pulmones de hierro y una costumbre que me tiene frito: se adelanta. Siempre. Maribel levanta la maza para contar —«un, dos…»— y él ya va por el tres, como el que se planta en la parada cuando el autobús todavía está en la cochera. Los demás corren detrás. Yo no: espero, caigo, pum, y el muchacho vuelve al redil con cara de no haber sido. Llevamos doce años así.

Arrancamos con un pasodoble. Aquí los pasodobles no se escuchan: se obedecen. A los tres compases, una pareja que venía de comprar el pan se pone a bailar entre dos mesas, una madre marca el paso con el carrito y un señor muy serio empieza a mover el pie como si no fuera suyo. Desde un balcón, alguien baja la tele para oírnos mejor.

Y llegan los niños. Me adoran, y yo a ellos, pero todos quieren pegarme. Se acercan de lado y me dan con el dedo, con la palma, con una piruleta que deja huella. Una niña pequeña me mira con las manos a la espalda, sin atreverse. Maribel se agacha y le presta la maza. La niña la coge con las dos manos, cierra los ojos y me da. Pum. Un pum pequeñito y torcido. Abre los ojos, asombrada de que algo tan grande le haya contestado, y sale corriendo a contárselo a su abuela.

Después nos movemos, que una charanga quieta está a medias. Salimos de la plaza por una calle y volvemos por otra, y la gente nos sigue como las gaviotas a las barcas. Dos turistas que no conocen la canción pero ya se saben el paso. Una señora que había salido a por perejil y vuelve media hora después, con el perejil y sin saber cómo.

Paramos un momento a la sombra. Agua para todos. El del trombón se abanica con la partitura, que tampoco la mira nunca. Maribel me deja en el suelo, de canto, y por primera vez en toda la tarde me da el aire en el parche de atrás.

Para el último pasodoble, la plaza ya mira hacia los caballos. Maribel levanta la maza. Y entonces pasa algo que no había pasado en doce años: el trompetista espera. Me mira a mí. Pum. Entramos todos a la vez. Nadie en la plaza se da cuenta. Nosotros sí.

Esta noche dormiré en un maletero, con la funda puesta y el platillo desatornillado. Mañana, a las cuatro y media, volvemos a la misma plaza con compañía hinchable. Pero hoy me llevo el pum de la niña. Los grandes los doy yo todas las tardes. Ese, en cambio, me lo dieron a mí.

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zanahoria > protocolo
Dos horas y cuarenta minutos de trenzas. Una zanahoria, y se para el carrusel.

Narra Duquesa, yegua torda

Una yegua con mucho carrusel

De La Granja al Convento · viernes, 17:00

Me llamo Duquesa, soy una yegua torda de nueve años y esta mañana me han trenzado las crines durante dos horas y cuarenta minutos. Dos horas y cuarenta minutos. Con lazos rojos, un madroño en la frente y un peinado en la cola que ya quisiera una novia. Si me miro en el agua del abrevadero, no me reconozco. Parezco una tarta de comunión con patas.

Es viernes de feria y a las cinco sale el Carrusel de Caballos, desde La Granja hasta el Convento. Jinetes y amazonas con traje clásico, sombreros de ala ancha, botos relucientes y caballos peinados como para una boda real. Delante, la Reina y el Mister de las fiestas, saludando como si lo hubieran hecho toda la vida. Y a mí, adivinad a quién me ha tocado llevar: a Álvaro, el sobrino de Manolo, que ha venido de Madrid a pasar la feria.

Álvaro es un chaval encantador, educado y muy bien peinado, según las señoras que se asoman a la cuadra. Lo que nadie dijo es que no se había subido a un caballo en su vida. Me doy cuenta en cuanto me pone la mano en el cuello: tiembla más que yo el día que vi un globo de helio por primera vez.

—Tranquila, bonita —me dice.

Tranquila yo. Majo, el que tiene que estar tranquilo eres tú.

Manolo, mi dueño, lleva cuarenta años con caballos y habla con nosotras más que con su familia. Le da instrucciones rápidas: talones abajo, espalda recta, riendas suaves y «tú déjala a ella, que ella sabe». Ahí tiene razón. Yo sé. Llevo seis carruseles a la espalda. Conozco el camino, los adoquines que resbalan, la curva donde siempre hay un niño con una pistola de burbujas y la esquina donde huele a churros y se me va la cabeza.

Arrancamos. Suenan palmas, suenan cascos y suenan los móviles haciendo fotos. Álvaro saluda con una mano mientras con la otra se agarra a la silla como si fuera la barra de una atracción. Yo camino despacito, con mucha elegancia, para que el chaval no se me descuelgue.

A mitad de recorrido, una niña con coletas se asoma a la valla y me ofrece una zanahoria. Una zanahoria. En pleno carrusel. Manolo dice que no, que no se para. Yo, con todo el respeto a Manolo, me paro. Me como la zanahoria con toda la parsimonia del mundo mientras detrás se forma un pequeño atasco de caballos de gala y Álvaro pide perdón a todo el mundo, colorado como un pimiento. La gente se ríe y aplaude. La niña está feliz. Yo también. Y Álvaro, contra todo pronóstico, se echa a reír. Creo que ahí empezamos a entendernos.

Seguimos. En la esquina de los churros me desvío un poco, lo justo para aspirar el aroma, y Álvaro, que ya ha cogido confianza, me dice «ni se te ocurra» con un tono tan firme que casi le hago caso. Casi.

Detrás de todos nosotros va un operario con una pala y una carretilla, recogiendo lo que vamos dejando por el camino con una dignidad que merece un monumento. Nadie le hace fotos. Yo, desde aquí, le rindo homenaje.

Llegamos al Convento con el sol bajando y la gente aplaudiendo a los dos lados de la calle. Álvaro se baja como puede, con las piernas temblando, y antes de irse me da una palmada en el cuello y me dice al oído: «Gracias, Duquesa. Me has salvado la vida».

Exagerado. Pero me ha gustado. Ya tengo ganas del año que viene. Eso sí: que me traigan más zanahorias.

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Fichas
Montones de diez, siempre de diez. Y un botón que vuelve a casa.

Narra la taquilla de los coches de choque

Fichas que vuelven

Recinto ferial, Llano de la Almazara · viernes, 20:00

Soy la taquilla de los coches de choque del Llano de la Almazara. Chapa roja y amarilla, tejadillo de ondas, una ristra de bombillas y una ventanilla por la que cabe justo una mano con monedas. Cuando se acaba cada pueblo me pliegan entera y viajo en el remolque con las bombillas envueltas en mantas, como quien lleva la vajilla buena.

Es viernes, las ocho de la tarde. Hasta las nueve, todos los días de feria, las atracciones funcionan sin ruido: ni música a todo volumen ni micrófono. Una hora pensada para los niños a los que el estruendo les pesa, y para quien quiera oír la feria de otra manera. Yo la disfruto como nadie. Oigo chisporrotear las antenas contra la malla del techo, el «pom» blandito de los coches y las risas, que sin música se oyen enteras.

Dentro de mí trabaja Mariángeles. Cuenta las fichas en montoncitos de diez, siempre de diez, como soldaditos azules en fila. A su lado, sobre un rollo de tiques, su hijo pequeño hace los deberes, que le llegan puntuales al móvil esté en el pueblo que esté. Hoy toca el subjuntivo. Dice que el subjuntivo es como los coches de choque: nunca sabes por dónde te va a venir.

En mi pared de dentro, pegada con celo, está la lista de pueblos de la temporada, de la primavera hasta que refresca. Al lado de cada nombre, Mariángeles apunta lo que no sale en los mapas: «Aquí la vecina nos trae agua fresca». «Aquí el panadero nos guarda pan aunque cerremos tarde». Junto a Torrox pone: «Buena gente. Vienen con las monedas contadas».

Y es verdad. Ahora mismo tengo a cuatro niños con la frente pegada al cristal y todo su capital en el mostrador: monedas de veinte, de diez, de cinco y un botón. Cuentan en voz alta, se equivocan, empiezan otra vez. Les falta poco para la cuarta ficha. Uno se quita una zapatilla y de la zapatilla, no me preguntéis cómo, sale una moneda de cincuenta. Ovación. Mariángeles les da sus fichas y les devuelve el botón, muy seria: «Esto a casa, que alguien lo estará buscando».

Detrás espera un hombre con una niña de la mano. Pide dos fichas y la abuela de la familia, que vigila la pista desde su silla plegable como hace cuarenta temporadas, lo mira por encima de las gafas.

—Tú eras el de la gorra roja. El que se quedaba siempre atascado en la esquina.

El hombre se echa a reír y se tapa la cara. La niña lo mira como si acabara de descubrir que su padre también fue niño. Él busca en la cartera y saca una ficha de las antiguas, de latón, con el cochecito grabado casi borrado. «Me la regalaron un año. Nunca me la gasté». La abuela le da la vuelta despacio: esa tanda la encargó su marido el primer año que salieron a la carretera, cuando yo todavía olía a pintura.

Padre e hija se montan en un coche verde. Chocan con educación y, en la esquina, por supuesto, se atascan. Sus carcajadas se oyen desde la otra punta del Llano. Al bajarse, la abuela le da a la niña una ficha nueva: «Esta no es para gastarla. Es para dentro de treinta años». La niña se la guarda en el bolsillo y le da dos palmaditas, para asegurarse.

A las nueve en punto mis bombillas se ponen a parpadear, el hijo mayor sube el volumen y el micrófono, que llevaba una hora calladito, anuncia: «¡Otra vuelta, que la feria acaba de empezar!». Mariángeles vuelve a sus montoncitos. El pequeño cierra el cuaderno. El subjuntivo, que espere.

Dentro de unos días me plegarán y me subirán al remolque rumbo al siguiente nombre de la lista. Pero en algún bolsillo de Torrox se queda una ficha mía esperando. Y las fichas que no se gastan siempre vuelven. Lo sé porque yo también vuelvo.

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fis fas 10:15
Fis, fas. Diez y cuarto. Quedan cien metros de cuesta.

Narra Rocío, en cuñas y con faja

Cálculos a cuarenta grados de muñeca

Cuesta de la Almedina · viernes, 22:15

Aire. Solo pido una brizna de aire que no parezca salida directamente de un horno de pan. Fis, fas, fis, fas. Si mover las varillas del abanico con este frenesí quemara calorías, mañana amanezco con dos tallas menos y sin necesidad de embutirme en esta faja reductora que hoy me tiene la respiración secuestrada. Respiro por turnos: primero el pulmón izquierdo, luego el derecho. Así me apaño.

«Ponte las cuñas altas, Rocío», me dije en casa, mirándome al espejo, «que estilizan el mantoncillo y la Almedina se sube en un salto». Menuda lumbrera. La Almedina no se sube: se escala, con piolet, cuerda y bombona de oxígeno. Deberían poner un refugio a media cuesta con un San Bernardo repartiendo botellines. Acabo de adelantar a un señor de ochenta años que subía con bastón, y he tardado tanto en adelantarlo que nos ha dado tiempo a hablar de su nieto, del precio del aceite y de la operación de cadera de su cuñada.

Siento la gota de sudor bajando a traición por la columna, sorteando los corchetes de la espalda con precisión de ingeniero. Si llega a la cintura, me da un síncope aquí mismo, delante de la panadería, y me tienen que reanimar con una magdalena.

Y la flor. La flor roja del pelo lleva un cuarto de hora amenazando con desplomarse sobre mi ceja izquierda. Tres horquillas le he puesto. Tres. Y ahí sigue, resbalando milímetro a milímetro, como un glaciar con mala intención. Solo me faltaba entrar al concierto con pinta de capitana pirata con clavel tuerto. Aunque, bien pensado, igual lanzo una moda.

Miro el reloj de reojo mientras bato la muñeca como si batiera una tortilla para veinte personas: diez y cuarto. Hago cálculos. Quedan cien metros de cuesta, dos esquinas y un escalón traicionero que conozco desde niña. A paso de cuña, eso son unos siete minutos. Si no me paro a saludar a nadie, cinco. Si me encuentro a mi tía Encarni, cuarenta y cinco, porque me va a preguntar por el novio que no tengo.

Plan de ruta: aprieto el paso entre los adoquines, esquivo cualquier charco de rebujito sospechoso, no miro a los lados por si hay conocidos y llego entera para pedirme un botellín de agua fría antes de que arranque la primera rumba. Una vez allí, la faja, las cuñas y la flor pueden hacer lo que quieran. Yo pienso bailar hasta que se me pase el sofoco o hasta que amanezca, lo que llegue primero.

Una vecina me grita desde un balcón: «¡Rocío, qué guapa vas!». Le sonrío como puedo, con la boca torcida del esfuerzo, y ella me aplaude. Esa es la magia de la feria: aunque vayas sudando como un pollo en el asador, siempre hay alguien que te ve bonita.

Venga, muñeca mía, un último empujón, que la noche de feria no espera a las que se quedan sin aire en las esquinas. Fis, fas. Fis, fas. Ya se oye la guitarra.

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perdidos
Once cosas perdidas, once encontradas. Y un globo que no estaba en la lista.

Narra la libreta de objetos perdidos de la Policía Local

Objetos con dueño

Recinto ferial, Llano de la Almazara · viernes, 23:45

Soy la libreta de objetos perdidos del puesto de la Policía Local en el recinto ferial. Tapas azules, espiral un poco torcida y un bolígrafo atado con un cordón para que no se pierda, que sería el colmo. Vivo encima de una mesa plegable, entre un botiquín, una radio que no para de hablar y un termo de café que nadie reconoce como suyo.

Esta noche de viernes llevo ya tres páginas escritas con letra de agente, que es una letra rápida, clara y con mayúsculas en los sitios importantes. «LLAVES. Tres, con llavero de delfín y un abridor. Entregadas en la tómbola». «MÓVIL. Funda de unicornio. Suena sin parar: “Mamá”». «CHUPETE. Azul. Urgente».

El chupete salió de aquí en menos de diez minutos. Lo vino a buscar un padre con cara de haber recorrido el Llano de la Almazara tres veces a la carrera. Lo lavó con agua de una botella, se lo devolvió a una criatura que lloraba con todo el cuerpo y el silencio que se hizo después fue tan grande que la agente Sonia y su compañero se miraron y sonrieron sin decir nada. Hay silencios que se merecen un aplauso.

No todo es tan sencillo. Un señor viene a denunciar la desaparición de su sombrero de paja. Resulta que lo lleva puesto su mujer, que está justo detrás y se lo cogió porque le daba el sol en el coche. Sonia lo anota igualmente: «SOMBRERO. Aparecido. En la cabeza de su esposa». Hay que dejar constancia de todo.

A las once y media, la radio se pone seria. Un niño de unos cinco años, camiseta de rayas, se ha soltado de la mano de su madre cerca de los coches de choque. En ese momento lo noto: el puesto entero se pone en marcha, sin prisa y sin pausa. Un aviso por la radio a los compañeros de la Guardia Civil, otro a los voluntarios de Protección Civil, otro al puesto sanitario por si acaso. Y dos agentes que salen andando rápido, pero sin correr, que correr asusta.

No hace falta ni apuntarlo. A los cuatro minutos vuelven. El niño viene de la mano de Sonia, muy serio, con un globo rojo que le ha comprado su compañero para que el paseo se hiciera más corto. La madre llega por el otro lado, lo abraza como si no lo viera desde hace un año y dice «gracias» tantas veces que parece la letra de un pasodoble.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta Sonia, agachada a su altura.

—Mario. Y no estaba perdido. Estaba mirando.

Tiene razón. Lo apunto en mi margen, con letra más pequeña, porque me parece importante: «No estaba perdido. Estaba mirando». Muchas de las cosas que llegan aquí tampoco están perdidas. Están viendo la feria desde otro sitio, esperando a que alguien venga a por ellas.

A las doce menos cuarto hago recuento. Once cosas perdidas, once encontradas. Me queda el termo de café, que ya he decidido que es mío. Sonia cierra mis tapas, estira la espalda y sale otra vez a dar una vuelta por el recinto, con el chaleco reflectante y la sonrisa puesta. Ahí fuera siempre hay alguien que necesita encontrar algo.

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Sábado 3 de octubre

Tercer día de feria

6:30
Las seis y media. Cuando el pueblo se despierte, aquí no habrá pasado nada.

Narra la barredora del servicio de limpieza

Como si nada

Calle Calzada · sábado, 6:30

A las seis y media de la mañana del sábado, Torrox duerme con la boca abierta. Las persianas están echadas, los farolillos siguen colgados sin saber muy bien qué hacer y el último autobús de la noche ha dejado a su último viajero hace media hora. Es mi hora. Soy la barredora del servicio de limpieza, tengo dos cepillos redondos que giran como bailaoras de sevillanas y una luz naranja en el techo que avisa de que ahí vamos.

Delante de mí va el equipo a pie: cuatro barrenderos con sus escobas de palma, sus recogedores de mango largo y sus chalecos fosforitos. Ellos llegan a los rincones donde yo no quepo, que en Torrox son muchos, porque este pueblo se hizo pensando en burros y no en máquinas. Yo me encargo de lo ancho. Ellos, de todo lo demás.

La Calle Calzada me recibe con el inventario de siempre. Confeti de todos los colores, que se pega a los adoquines como si le hubieran prometido quedarse. Cáscaras de pipas en cantidades industriales: calculo que media Axarquía ha pasado por aquí comiendo pipas y comentando la jugada. Servilletas de papel, vasitos, un palo de algodón de azúcar y, en una esquina, una flor roja de flamenca que ha perdido a su dueña.

Merche, la más veterana del turno, recoge la flor con cuidado y la deja encima de un banco, bien a la vista. «Por si vuelve», dice. Merche tiene una norma: lo que se puede devolver, no se barre. Así, en un rato, en el banco se reúnen la flor, una peineta con dos dientes de menos, una gorra infantil con orejas de gato y un abanico de lunares cerrado, muy digno.

—El abanico, para la Policía Local —dice Merche—. Que ese lo va a echar alguien de menos a mediodía, cuando apriete el calor.

Yo sigo a lo mío. Giro, aspiro, avanzo. El agua de mis boquillas deja los adoquines brillantes y la calle huele a mojado, que es el olor más bonito que existe a esta hora. Un gato me mira desde una ventana con cara de «otra vez tú». Un panadero pasa en su furgoneta, levanta la mano y nos saluda con dos toques de claxon suaves, de compañero de madrugada a compañero de madrugada.

Lo mejor de mi trabajo es que nadie lo ve. Lo segundo mejor también. Cuando el pueblo abra las persianas, dentro de un par de horas, verá la calle limpia y pensará que siempre estuvo así, como si la feria no hubiera pasado por aquí. Y eso, aunque parezca lo contrario, es un piropo.

Al final de la calle paramos un momento. Uno de los chavales del equipo, el nuevo, se apoya en la escoba y mira hacia arriba, donde los farolillos empiezan a coger color con el primer sol. «Anoche estuve aquí bailando», confiesa. «Y ahora estoy aquí barriendo». Merche se ríe: «Pues por eso sabes lo que vale».

A las ocho, el centro ya está como una patena. Esta tarde volverá la charanga, volverán los volantes y volverán las pipas, eso es seguro. Y mañana a las seis y media volveremos nosotros, con la luz naranja y los cepillos bailando, a dejarlo todo otra vez como si nada.

Me guardan en la nave con el depósito medio vacío y los cepillos llenos de confeti. No me importa. Es mi forma de ir a la feria.

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♪ ♫ ¡toro, toro!
Dos metros de bravura. Y de aire. Sobre todo de aire.

Narra un toro hinchable

El toro que les tenía miedo a los alfileres

Plaza de la Constitución · sábado, 16:30

Soy un toro. Bravo, negro, cornalón, de casi dos metros de alto. Y relleno de aire. Mucho aire. Me hinchan con un ventilador que me zumba en la barriga como un enjambre de abejas y, cuando me pongo en pie en mitad de la Plaza de la Constitución, impongo. Durante unos diez segundos impongo muchísimo. Luego sopla una brisa de nada, me balanceo como un tentetieso y la cosa pierde un poco de seriedad.

Es sábado de feria, las cuatro y media de la tarde, y hoy toca encierro de toros hinchables. Somos cuatro: mi hermano el colorao, que tiene una costura mal cerrada y va perdiendo presión por la cola; el berrendo, que es el más alto y se cree el jefe; el pequeño, un novillo con cara de susto; y yo, el negro, el clásico, el de toda la vida.

Delante, la charanga calienta motores. La trompeta suena, el bombo retumba y el saxofonista toca con unas gafas de sol tan grandes que parece un insecto con ritmo. En cuanto suena la primera nota de «Paquito el Chocolatero», la plaza entera se vuelve loca. Y cuando la plaza se vuelve loca, llegan ellos.

Los niños.

Cuarenta, cincuenta, cien, no sé. Con pañuelos rojos al cuello, camisetas blancas manchadas de helado y una energía que, bien canalizada, alumbraría la feria entera sin gastar un euro. Nos rodean. Nos persiguen. Gritan «¡toro, toro!» con una alegría feroz. En teoría, nosotros tendríamos que perseguirlos a ellos, pero los monitores que nos empujan van a su ritmo y la cosa acaba al revés: es el pueblo el que acorrala al toro.

Un chiquillo con gafas se me agarra al cuello y no se suelta. Una niña con una flor en el pelo me da una palmada en el lomo como quien felicita a un caballo. Otro me hace pases con la chaqueta de su padre, con unos pases de pecho muy dignos para tener seis años. La gente aplaude cada pase y alguien, desde un balcón, pide otra.

Yo solo tengo un miedo en esta vida, y no es el capote. Son los alfileres. Las horquillas. Los lápices. Cualquier cosa con punta. Cada vez que veo a un niño con el palito de un algodón de azúcar se me desinfla el ánimo. Al colorao, el año pasado, le hicieron un agujerito con un pendiente y acabó la tarde tumbado en la acera como un globo al final de un cumpleaños. No quiero terminar así. No hoy, con la charanga tocando.

A mitad del encierro sopla una ráfaga traicionera. Me inclino, me inclino un poco más y, durante un segundo glorioso, me quedo en equilibrio sobre una sola pata, como un toro de ballet. Los niños gritan. La charanga, que no pierde ocasión, remata con un golpe de bombo. Parece ensayado. No lo es.

Recupero el equilibrio. La plaza me aplaude a mí solo. Por un momento me siento la estrella de la feria.

A las cinco y pico termina el encierro. Los niños, sudados y felices, se van a buscar agua, helado o las dos cosas a la vez. La charanga se aleja calle arriba. Y a mí me apagan el ventilador.

Es una sensación extraña. Poco a poco pierdo la bravura, se me doblan los cuernos, se me arruga el morrillo y acabo tendido en el suelo como un traje de toro sin nadie dentro. Un niño que pasa se agacha, me da una palmadita en el hocico y me dice: «Mañana vuelves, ¿vale?».

No vuelvo mañana. Vuelvo el año que viene. Pero me quedo con la palmadita. Y con haberme ido a dormir entero, sin un rasguño y con todo el pueblo aplaudiendo.

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7 personas · 9 pasteles
Siete personas, nueve pasteles. Matemática de feria.

Narra una familia en plena tregua

La rendición de las cinco de la tarde

Un salón en penumbra · sábado, 17:00

El sábado de feria no admite medias tintas, y mucho menos a la hora del café. En el salón de casa, con las persianas a media altura para frenar el bochorno de la calle y el ventilador de techo girando con la desgana de un lunes, el tintineo de las cucharillas contra la loza marcaba el inicio de una tregua necesaria.

Llevábamos tres días prometiendo moderación. Tres. Lo juramos el miércoles, después de la primera cena de feria. Lo repetimos el jueves, después de la segunda. El viernes ya nadie lo juró en voz alta, pero hubo un acuerdo tácito: este año la feria se pasaría a base de agua con gas, fruta y una moderación franciscana. Mi prima llegó a traer un bol de uvas como gesto simbólico. El bol seguía intacto en la mesa, mirándonos con reproche.

Cualquier atisbo de disciplina saltó por los aires en el instante exacto en que mi tío cruzó el umbral.

Traía una bandeja de cartón dorado sujeta con una cinta roja, y el peso delataba que la confitería del pueblo había hecho su mejor trabajo. La llevaba con las dos manos, a la altura del pecho, como quien entra en la iglesia con la custodia. Al posarla sobre el mantel de hule, el crujido del papel encerado sonó como un pistoletazo de salida.

—Hoy bien vale un desquite de azúcar —sentenció mi tío mientras desataba el nudo con la parsimonia de un artificiero.

—Cariño, que dijimos… —empezó mi tía.

—Dijimos muchas cosas —respondió él, sin levantar la vista del lazo.

El aroma a crema pastelera tostada, canela y hojaldre recién horneado invadió la habitación de golpe. Allí estaban, apretujados como soldados de gala: milhojas coronadas de azúcar glas, piononos empapados en almíbar y dos petisús de chocolate que desafiaban abiertamente cualquier análisis de colesterol. Los contamos con la vista. Éramos siete. Había nueve pasteles. Las matemáticas de la feria son crueles: sobran dos, y dos es el peor número posible para una familia.

Durante diez segundos se hizo un silencio reverencial. Nadie se atrevía a meter la mano primero por no parecer un bárbaro, pero las miradas se cruzaban calculando trayectorias, midiendo distancias y adjudicándose piezas con los ojos. Mi abuela, que no se había movido del sillón en toda la tarde, se incorporó unos centímetros. Un gesto mínimo. Pero todos entendimos que el petisú de la esquina ya tenía dueña.

La resistencia duró lo que tarda en enfriarse un sorbo de café. Una mano rápida (no diré de quién, pero la tía del «cariño, que dijimos» tiene muy buenos reflejos) se abalanzó sobre el hojaldre crujiente, desatando una lluvia blanca sobre la mesa, y la cordura capituló sin remedio. En dos minutos, la bandeja parecía un campo después de la batalla: migas, azúcar glas por todas partes y un pionono solitario que nadie se atrevía a reclamar por pura educación.

Si la noche prometía baile hasta la madrugada en la plaza, el cuerpo exigía combustible de primera. Eso dijimos, con la boca llena y los dedos pegajosos, a modo de justificación científica.

Mañana volverían las culpas, las verduras hervidas y el bol de uvas. Hoy, la feria se celebraba a mordiscos.

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¡un león!
Diecisiete ampollas, una rodilla y un león. Nada grave, que es lo que más nos gusta.

Narra el botiquín del puesto sanitario

Tiritas de dibujos

Recinto ferial, Llano de la Almazara · sábado, 21:00

Soy el botiquín del puesto sanitario del recinto ferial. Una caja naranja con asa, dos cierres que hacen clic y, dentro, un orden perfecto: gasas por tamaños, vendas como caracolas, el tensiómetro enrollado en su funda, suero, guantes y mi tesoro más valioso, que no es lo que ustedes piensan. Es la caja de tiritas de dibujos.

El sábado de feria, a las nueve de la noche, el recinto huele a churros, a algodón de azúcar y a zapatos nuevos. Eso último lo huelo yo mejor que nadie, porque los zapatos nuevos son mi principal cliente. De cada diez personas que entran por la puerta del puesto, siete vienen cojeando con una sonrisa de disculpa y los zapatos en la mano.

—Me los compré para la feria —dice la primera, una muchacha con un vestido de volantes verde—. Es la primera vez que me los pongo.

Nacho, el enfermero, asiente con la cabeza como quien ha oído esa frase cuatrocientas veces. Y es que la ha oído cuatrocientas veces. Limpia, cura, pone un apósito especial para ampollas y le da un consejo que es casi una filosofía de vida: «Los zapatos nuevos, a ratitos. Y el baile, con los de siempre».

Luego llega un niño de seis años con la rodilla raspada y un orgullo enorme. Se ha caído corriendo hacia la tómbola, pero dice que no le duele, mientras le tiembla un poco la barbilla. La técnica de la ambulancia le pregunta cuál es su animal favorito y abre mi caja de tiritas de dibujos como quien abre un cofre. El niño elige un león. Sale del puesto enseñándoselo a todo el mundo, con la rodilla por delante, como si fuera una medalla.

A las nueve y media entra un señor mayor, muy bien peinado, que se sienta y me mira de reojo. No le pasa nada, dice. Solo quiere que le tomen la tensión, que ya que está aquí. Nacho se la toma con toda la calma del mundo. Doce y siete. «Como un chaval», le dice. El señor se levanta más recto de lo que entró y se va a buscar a su mujer para contárselo.

También hay una chica con un poco de mareo, que se ha pasado la tarde al sol sin beber agua. La sientan a la sombra, le dan una botella fresca y le cuentan un chiste malo. A los diez minutos ya está bien y a los quince se ríe del chiste, que es cuando de verdad se sabe que alguien se ha recuperado.

Lo que más me gusta de este equipo es su forma de trabajar: sin prisa por fuera y con todo preparado por dentro. Saben que casi siempre será una ampolla, una rodilla o un golpe de calor. Pero están listos para lo que sea, que para eso han venido. Y aun así tratan cada ampolla como si fuera la más importante de la feria.

A medianoche hacemos recuento: diecisiete ampollas, una rodilla, un mareo, tres tensiones perfectas y unas gafas encontradas debajo de una silla, que ya han vuelto con su dueño. Nada grave. Es la mejor noticia que puede dar un botiquín.

Nacho me cierra, clic y clic, y me deja en la estantería. Me quedan veinte tiritas de dibujos. Mañana habrá que reponer los leones, que se acaban siempre los primeros.

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♪ ♫ 22:20 ¡corre!
Tres cajas familiares «para compartir». Las diez y veinte.

Narra una pandilla con hambre y prisa

La conspiración de las cuatro estaciones

Calle Calzada · sábado, 22:20

El plan original para el sábado por la noche era un monumento a la prudencia. Habíamos quedado a las nueve con un consenso riguroso, votado incluso en el grupo de WhatsApp con encuesta y todo: una cena rápida, ligera y sin complicaciones, para coger sitio en primera fila antes de que empezara el concierto de las once en el escenario de la feria de Torrox. Llevábamos refrescos fríos, botellines de agua en la mochila para combatir el calor del gentío y la firme promesa de no llenarnos la tripa, para poder saltar con «Sabor de amor» sin riesgo de indigestión. Hubo quien propuso cenar ensalada. Nadie le hizo caso, pero se valoró el gesto.

La sensatez nos duró exactamente hasta que doblamos la esquina de la Calle Calzada.

Allí se produjo el motín. El olor a horno de leña salió de la pizzería como el brazo de un dibujo animado y nos agarró por la nariz. Alguien (el Rafa, siempre el Rafa) soltó al aire la palabra prohibida: «¿Y una pizza para compartir?». Antes de que el sector responsable pudiera emitir un solo voto en contra, dos del grupo ya salían del local cargando una torre tambaleante de tres cajas humeantes. «Para compartir», dijo el Rafa. Tres cajas familiares para seis personas. Eso no es compartir, eso es un avituallamiento.

Adiós al picoteo frugal; hola al queso fundido estirándose en hilos infinitos sobre los adoquines.

Pedimos una cuatro estaciones, una barbacoa y una de jamón y champiñones. La cuatro estaciones fue la más polémica: hubo quien solo quería la estación del jamón, quien se negaba en redondo a la de las alcachofas y quien sostenía que en Torrox, en octubre, solo hay una estación, y es el verano. Aquel debate climático nos costó cinco minutos preciosos.

Comerse una pizza familiar de pie en mitad de una cuesta concurrida, haciendo malabares para no mancharse la camisa de feria mientras sostienes una lata de refresco entre las rodillas, debería ser deporte olímpico. La Lucía comía con el brazo estirado, como si la pizza le diera miedo, para salvar su blusa blanca. El Rafa, en cambio, iba ya por la quinta porción, con una mancha de tomate en el pecho con la forma exacta de la península ibérica.

A las diez y veinte la tensión era insostenible. El reloj avanzaba implacable, una ráfaga de viento casi se lleva volando una tapa de cartón y quedaban tres porciones huérfanas que nadie quería dejar atrás por pura dignidad fiestera. Tirar pizza en feria da mala suerte. Eso no lo dice nadie, pero lo sabemos todos.

Liquidamos el último borde a la carrera, nos limpiamos los dedos con una sola servilleta milagrosa que fue pasando de mano en mano como una reliquia y echamos a correr cuesta arriba entre risas y resoplidos. Al doblar hacia la plaza sonaron los primeros acordes de la guitarra eléctrica y la voz del cantante saludó al pueblo.

Llegamos sofocados, con la digestión al límite y aliento a orégano, pero con la alegría desbordada y listos para quemar la cena a golpe de pop español. No pillamos primera fila. Pillamos la séptima. Pero cuando sonó «Sabor de amor», saltamos igual. Con cuidado, eso sí. Muy despacito. Por la pizza.

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caído en acto de servicio
Siete centímetros de dignidad y un perro sin criterio.

Narra un tacón de carrete

Superviviente del albero

Una caseta · sábado, de madrugada

Mi carrera profesional terminó de golpe en el tercer pase de la cuarta sevillana, justo cuando la orquesta decidió acelerar el compás como si le pagaran por pulsaciones. Hasta ese momento yo era un tacón de carrete respetable: siete centímetros de dignidad forrados en ante rojo, a juego con los lunares del vestido. Nada de plástico ni imitaciones. Tacón de zapatería de toda la vida, de los que te venden con la advertencia de «a este hay que domarlo».

Llevaba tres días de feria aguantando como un campeón. Había sorteado charcos de rebujito de origen dudoso, pisotones ajenos, escalones traicioneros y los kilómetros que Maricarmen se mete entre la caseta, el puesto de turrón y la tómbola, donde por cierto nunca le toca nada. Tres días. Yo ya me veía jubilándome con honores en una caja de zapatos, en lo alto del armario, contándoles batallitas a las botas de agua.

Pero aquel último zapateado sobre las tablas de la caseta fue mi sentencia de muerte.

Sonó un crujido seco, como de rama quebrada. Noté que el pegamento y los dos clavos que me unían a la suela capitulaban sin avisar: uno salió disparado hacia la barra y el otro se rindió con un suspirito metálico. Maricarmen, ajena a la tragedia, dio un giro triunfal con los brazos en alto. Yo me quedé clavado entre dos tablones mal alineados, mirando al techo de farolillos como un soldado caído en el campo de batalla.

Ver alejarse a mi compañera de suela fue desolador. Y Maricarmen no tardó ni medio segundo en perder la simetría. Pasó de desfilar con el empaque de una reina de la feria a cojear con una cadencia de lo más cómica, un pie en la Alhambra y el otro en el sótano, subiendo y bajando un hombro como si bailara reguetón sin querer. Su prima, al verla, creyó que era un paso nuevo y la imitó. Luego se sumaron dos más. Durante un minuto glorioso, media caseta bailó cojeando por solidaridad involuntaria. Yo, desde el suelo, no sabía si llorar o sentirme coreógrafo.

Maricarmen, por fin, se dio cuenta. Miró abajo, miró su zapato mocho, miró a las amigas y soltó la frase que me partió el alma:

—¡Si me costaron cuarenta euros en rebajas!

Rebajas. Tres días de servicio impecable y así me despedía. Ni un minuto de silencio.

Después vino lo peor. Una marea de alpargatas, botines camperos y plataformas de esparto me pateó sin piedad hacia el exterior. Rodé por la tarima, di un bote en el escalón y salí volando por la puerta como un vaquero expulsado de un saloon. Ahora descanso aquí, apoyado contra el bordillo de una acera de Torrox, contemplando el desfile de volantes desde la perspectiva de una colilla.

Un perro callejero se ha acercado a olisquearme con aire escéptico. Me ha dado dos vueltas, ha arrugado el hocico y ha decidido que ni siquiera sirvo de hueso. Se ha ido sin despedirse. En este pueblo hasta los perros tienen criterio.

Mi dueña andará ya negociando unas bailarinas de repuesto con alguna amiga previsora, o se habrá rendido al descalce total, que a las tantas de la madrugada es la moda de rigor en cualquier feria andaluza. Yo, mientras tanto, he conseguido lo que muchos sueñan: una jubilación anticipada en plena fiesta, con vistas a la calle y música en directo.

Si alguien pregunta, que digan que caí en acto de servicio, víctima del arte y del exceso de entusiasmo. Y que pongan en mi lápida: «Aguantó tres días. La sevillana, cuatro».

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Domingo 4 de octubre

Último día · Santos Patronos

¡34 °C!
La farola, a las dos de la tarde. Obsérvese el sudor.

Narra la farola central de la plaza

La centinela achicharrada

Plaza de la Constitución · domingo, 14:00

Estar plantada en mitad de la Plaza de la Constitución de Torrox tiene sus ventajas: vistas privilegiadas, conversación variada y un puesto fijo que ya quisieran muchos. El problema llega cuando aprietan las dos de la tarde en plena feria de octubre y el termómetro decide ignorar el calendario con todo el descaro del mundo. Octubre, dicen. Octubre en Torrox es agosto con una chaqueta en el armario, por si acaso.

Yo soy la farola central. Tres brazos de hierro fundido, porte señorial y un historial nocturno intachable. De noche soy imprescindible. De día, con las bombillas apagadas y el sol cayendo a plomo, mi labor se reduce a aguantar el tipo sin derretirme y a servir de punto de encuentro. «¿Dónde quedamos?». «En la farola». Así, sin más señas. Soy un GPS de hierro.

Por suerte, este año el Ayuntamiento ha tenido a bien colgar un dosel de paraguas de colores sobre nuestras cabezas. Una bóveda flotante de verdes, amarillos y fucsias que amortigua la solana y proyecta en el suelo un mosaico psicodélico. Se agradece el toldo, no digo que no, pero me siento un poco ridícula rodeada de tanta tela abierta sin que caiga una gota. Parezco la tía seria de una boda en la que todo el mundo lleva sombrero de fiesta. Un turista me ha hecho once fotos. Once. Solo le ha faltado pedirme que sonría.

A mis pies, la feria de día no da tregua. Una orquesta ataca un pasodoble con más decibelios que afinación desde el escenario del fondo de la plaza. El trompetista va a su aire; el teclado, a otro; y el cantante, a un tercero que la ciencia todavía no ha descubierto. Da igual. El calor aprieta, pero a los vecinos les trae sin cuidado: abanicos batiendo el aire a propulsión, vasos de rebujito haciendo equilibrios imposibles y un grupo de valientes zapateando sobre los adoquines como si el suelo estuviese congelado y hubiera que entrar en calor.

Hace un rato, un señor con camisa de flores y sombrero de paja se ha apoyado en mi fuste para sacudirse una china del zapato. Craso error. Por poco se deja la mano pegada al hierro, que a estas horas está a temperatura de plancha de churrería. Ha pegado un respingo digno de bailaor profesional, ha soltado un «¡la madre que…!» que no voy a terminar por respeto a los niños presentes, y la gente de alrededor, creyendo que era parte del baile, le ha aplaudido. El hombre, que no es de los que desaprovechan una ovación, ha rematado con un paso de sevillanas. Arte.

Una niña me ha pegado un chicle en la base. Una pareja se ha hecho un selfi abrazándome como si fuera de la familia. Y una paloma lleva veinte minutos en mi brazo izquierdo, mirándome con cara de estar valorando mudarse. Todo normal.

Miro al fondo, hacia las tablas, donde los técnicos prueban luces entre cables, altavoces y un rollo de cinta americana que debe de ser lo que sostiene medio escenario. Sonrío con mis cristales polvorientos. Sé de sobra que, en cuanto el sol se esconda detrás de las casas encaladas y los paraguas se queden de pura decoración, llegará mi turno.

Llevo más ferias a la espalda de las que puedo contar. Y esta noche, como siempre, me tocará encenderme la primera, soportar algún farolillo torcido colgado del lomo y alumbrar los traspiés del personal hasta la madrugada, cuando el último rezagado choque conmigo, me pida perdón y me dé las buenas noches como si fuera de la familia.

Mientras tanto, me conformo con no terminar fundida antes de la cena. Y con que la paloma decida, por favor, irse a vivir a otra parte.

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¡Clac!
La cinta fucsia, en el momento exacto del ¡clac!

Narra quien sujeta la mano de Laura

Amor al galope y a pulso

Complejo La Granja · domingo, 17:00

El domingo de feria no perdona el cansancio acumulado, pero la explanada del espectáculo ecuestre de Torrox era un hervidero donde nadie pestañeaba. Entre el polvo fino que levantaban los cascos y el olor a cuero y albero, yo sostenía la mano de Laura con una mezcla de devoción romántica y sudor frío. No era para menos. Llevábamos cuatro días de fiesta en el cuerpo, me dolían las plantas de los pies como si hubiera hecho el Camino de Santiago en chanclas y, para rematar, me había empeñado en ver la carrera de cintas pegados a la primera fila de la valla. Idea mía. Nadie me obligó. Que conste.

—Como te sueltes, nos traga la marea de camisas de lino —me advirtió ella al oído, apretándome los nudillos con la fuerza de una tenaza hidráulica.

Laura es una persona encantadora, dulce y de manos pequeñas. Manos pequeñas que, en situaciones de tensión, desarrollan la presión de una prensa de aceitunas. Lo sabía desde la primera tanda de penaltis que vimos juntos. Aun así, seguí adelante. El amor es eso.

En la pista, un tordo imponente de crines trenzadas empezó a trotar hacia el fondo para tomar impulso. El jinete, erguido como un huso, con la chaquetilla impecable y un bigote que merecía su propio aplauso, llevaba en la mano derecha un punzón de madera fino como un lápiz. A cincuenta metros, colgando de una cuerda tensada entre dos postes, ondeaba una hilera de cintas de seda de colores vivos enrolladas en pequeños carretes. El reto parecía cosa de magia: galopar a toda pastilla y ensartar una anilla del tamaño de una moneda de euro para desenrollar el premio sin frenar la montura. Yo hay días que no atino a meter la llave en la cerradura con el coche parado.

—¿Tú crees que la coge? —susurró Laura.

—Si la coge, te invito a churros.

—Si la coge, me invitas a churros igual.

Tampoco era una negociación.

El caballo arrancó al galope tendido. El suelo retumbó bajo nuestras suelas con la cadencia de un terremoto de andar por casa. El público contuvo el aliento a la vez: se hizo un silencio tan denso que solo se oía el bufido del animal rasgando el aire caliente de la tarde y, de fondo, una bolsa de pipas que alguien abrió en el peor momento posible. Laura me clavó las uñas en la palma; juraría que durante esos tres segundos mi circulación quedó en suspenso y que dejé de sentir el meñique para siempre. El jinete alargó el brazo, entrecerró un ojo y lanzó la estocada contra la cinta fucsia.

¡Clac!

El punzón atravesó la anilla limpio, el carrete giró descolgando dos metros de raso al viento y la multitud estalló en un clamor ensordecedor de palmas y jaleos. Laura saltó a mi cuello gritando de alegría y me hizo perder el equilibrio hacia atrás, entre las risas de los vecinos y el aplauso de un señor que gritó: «¡Esa caída también puntúa!».

Desde el suelo, con el pelo lleno de albero y los dedos todavía entumecidos por su agarre, lo tuve clarísimo: sobrevivir a una carrera de cintas de la mano de tu novia es el deporte de mayor riesgo de toda la feria. Y los churros, esa tarde, me los había ganado yo.

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gracias, hijo
Naranja, con tiras que brillan. Por dentro, un hombre que trabaja de lunes a viernes y aquí viene porque quiere.

Narra el chaleco de un voluntario de Protección Civil

Naranja de servicio

Paseo de las Moreas · domingo, 20:00

Soy el chaleco de un voluntario de Protección Civil. Naranja, con tiras que brillan cuando les da la luz y un bolsillo en el pecho donde caben una libreta, un bolígrafo y un paquete de pañuelos. De lunes a viernes vivo colgado en una percha. El que me lleva, Fermín, trabaja en un taller de coches; entre semana huele a aceite y a tornillos. En feria, huele a mí.

Este domingo a las ocho de la tarde tenemos el servicio más delicado de todos: el traslado procesional de los Santos Patronos desde la Iglesia Parroquial hasta su Santuario. Fermín está en el Paseo de las Moreas desde las siete, con dos compañeros, una garrafa de agua y cajas de botellines. Su trabajo es que todo el mundo pueda estar, ver y acompañar tranquilo. Nada más. Y nada menos.

El paseo se va llenando despacio. Familias enteras, vecinos que han venido desde la costa, abuelas con abanico y nietos con la ropa del domingo. Hay quien viene cada año desde hace setenta y quien viene por primera vez. Fermín abre un pasillo con los brazos, amable, sin levantar la voz: «Un pasito para atrás, por favor, que viene la gente mayor». Y la gente da el pasito.

Una señora de más de ochenta años se ha quedado sin sitio en la sombra. Fermín le trae una silla plegable del coche, se la coloca en primera fila y le da un botellín de agua. La señora le coge la mano, le da dos palmadas y le dice que es igualito que su nieto, que también es muy bueno. Fermín se pone colorado. Yo, por fuera, sigo naranja.

Cuando la procesión llega al paseo, todo cambia. Se hace un silencio que no se ordena ni se pide: aparece solo. Fermín también se queda quieto, en su sitio, atento a la vez a la calle y a la gente. Es la parte de su trabajo que no sale en ningún manual: saber estar. Respetar lo que para tantos vecinos es lo más importante de la feria y, al mismo tiempo, no perder de vista a nadie.

Un niño pequeño quiere verlo todo y se escurre hacia la calzada. Fermín lo devuelve a su sitio con una mano en el hombro y una sonrisa, sin un grito. La madre le da las gracias con la mirada. Un señor se marea un poco con el calor y los compañeros lo acompañan a un banco, con agua y un rato de sombra. Nada más. Nadie se entera, que es exactamente como debe ser.

La procesión sigue hacia la Calle Almedina y el Santuario, y con ella se va el gentío, poco a poco, como la marea. Fermín recoge las botellas vacías, dobla la silla plegable y se sienta un momento en el bordillo. Le duelen los pies. Me mira las tiras brillantes, un poco sucias, y se ríe solo.

—Otro año más, compañero.

Nadie le paga por esto. Ninguno de los voluntarios cobra un euro por pasar la feria de pie, repartiendo agua y abriendo pasillos. Lo hacen porque quieren que las fiestas de su pueblo salgan bien. Y salen bien, en parte, porque ellos están.

Esta noche volveré a la percha. El lunes, Fermín volverá al taller. Pero en el bolsillo de mi pecho se queda una cosa que la señora le metió sin que él se diera cuenta: un caramelo de menta, envuelto en papel, con una nota a lápiz que dice «gracias, hijo».

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sin novedad
Enrollada, conectada y lista. Su mejor noche es la que no la necesitan.

Narra la manguera del camión de bomberos

Enrollada y en paz

Zona del Convento · domingo, 22:30

Soy una manguera de bomberos. Veinte metros de tejido rojo, un racor de metal que brilla y una paciencia infinita. Vivo enrollada en el lateral del camión, como una caracola gigante, y tengo una forma muy particular de medir si una noche ha ido bien: cuanto menos salgo, mejor ha ido.

El domingo por la noche estamos de retén en la Zona del Convento, porque a las diez y media empieza el gran castillo de fuegos artificiales. Llegamos con tiempo, antes de que se llene todo. Los bomberos revisan conmigo el perímetro, comprueban la presión, desenrollan un tramo y lo vuelven a enrollar. Es un ritual. Como el de quien se prueba el traje de flamenca la víspera para ver si sigue cabiendo.

Mis compañeros de turno son cinco. El jefe de dotación, que habla poco y mira mucho. Una bombera joven, que esta mañana ha pasado por el colegio de su sobrina a enseñar el camión y todavía tiene pegatinas de estrellas en el casco. Y tres más, de los que llevan tantas ferias que se saben el orden de los cohetes de memoria.

El pirotécnico se acerca a saludar antes de empezar. Se conocen de otros años. Se dan la mano, repasan el plan en dos frases y cada uno se va a su sitio. No hacen falta más palabras: los dos quieren lo mismo, que el cielo se llene y el suelo no se entere.

A las diez y media en punto sube el primer cohete. La gente dice «¡ohhh!» y yo, desde el camión, también lo digo por dentro. Porque aunque sea una manguera, me encantan los fuegos. Me gustan los que se abren como palmeras doradas, los que crepitan como una sartén de churros y los que tardan un segundo en explotar, cuando todo el pueblo aguanta la respiración a la vez.

Los bomberos miran el cielo solo a ratos. El resto del tiempo miran el suelo, los árboles, los tejados y las chispas que caen. Es su forma de disfrutar los fuegos: de reojo, con la mano cerca de mí. La bombera joven se permite una sonrisa enorme cuando estalla una ristra verde y blanca, y el jefe, que lo ha visto, hace como que no.

El final es una traca que hace temblar los cristales. Luego, silencio, humo y un aplauso que viene desde todas partes, desde el paseo, desde los balcones y desde el Convento. En algún sitio de ese humo, estoy seguro, anda feliz la última carcasa de la noche, la que ha esperado su turno sin rechistar.

Hacemos la última ronda. Todo en orden. Ni una pavesa donde no debe, ni un matorral nervioso. El jefe da la noticia por la radio con la frase que más me gusta del año: «Sin novedad». Los cinco se quitan el casco a la vez, como si lo hubieran ensayado.

Volvemos al parque con las luces apagadas y sin prisa. Yo sigo enrollada, seca y en paz. Hay mangueras que presumen de las veces que han salido. Yo presumo de esta noche, en la que no me ha hecho falta salir para estar en primera fila.

Mañana me revisarán otra vez, por si acaso. Siempre por si acaso. Para eso estamos.

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¡ohhh!
La traca final, vista desde abajo. Hasta el año que viene.

Narra la palmera dorada del final

La última en subir

Zona del Convento · domingo, 22:30

Me llamo palmera dorada de doscientos milímetros, aunque en el taller me llaman «la gorda». Vivo dentro de un tubo de cartón clavado en la tierra, cerca del Convento, rodeada de compañeros de fatiga: cohetes, carcasas, truenos, crisantemos, un par de volcanes y una fila de bengalas que no paran de hablar. Es domingo, el último día de feria, y a las diez y media empieza el gran castillo de fuegos artificiales. Yo cierro el espectáculo. Soy la guinda. El «hasta el año que viene».

No es por presumir, pero es un puesto de mucha responsabilidad.

Desde mi tubo no veo gran cosa: un trozo de cielo, unas cuantas estrellas y las botas del pirotécnico, un hombre serio con casco y chaleco reflectante que lleva toda la tarde revisando cables, contando tubos y repitiendo en voz baja «este sí, este sí, este también». Cuando pasa por delante de mí, se para, da un golpecito al cartón y dice: «Tú, la última». Ya lo sé, jefe. Ya lo sé.

Mis vecinos son otra cosa. A la izquierda tengo una carcasa de crisantemo verde que está nerviosa desde el mediodía y pregunta cada diez minutos si esto duele. A la derecha, un trueno de aviso, bajito y cabezón, que se pasa el rato presumiendo de que él va a ser «el que más se oiga». Seguro. Te oirán hasta en Frigiliana. Y luego nadie se acordará de ti.

A lo lejos se oye el pueblo. A las ocho ha salido la procesión de traslado de los Santos Patronos hacia su santuario, y todavía flota en el aire ese silencio respetuoso que dejan las campanas. Ahora, poco a poco, vuelve el murmullo de la fiesta: gente buscando sitio, niños subidos a los muros, pandillas con bolsas de pipas y parejas que llevan cinco días de feria encima y ya solo se sostienen de pie por amor.

Diez y media. Se hace ese silencio que solo existe justo antes de los fuegos.

¡Pum! Sube el primero, un cohete de aviso que silba como una tetera y revienta en blanco. El pueblo responde con el primer «¡ohhh!» de la noche. Luego salen los demás, en oleadas: crisantemos, palmeras pequeñas, volcanes que escupen chispas y cascadas que caen como lluvia de oro. Mi vecina, la del crisantemo verde, sale disparada gritando algo que no entiendo y estalla preciosa, enorme, perfecta. Se lo digo desde abajo, aunque ya no me oye.

El trueno cabezón sale también y, efectivamente, se oye muchísimo. Saltan tres alarmas de coche y a un señor de primera fila se le cae la bolsa de pipas del susto.

El castillo sigue. Veinte minutos de colores, humo, chispas y «¡ohhh!». Y yo, dentro de mi tubo, esperando. Cada vez quedan menos compañeros, cada vez hay más humo y cada vez noto más cerca las botas del pirotécnico.

Llega el final. El ritmo se acelera, las explosiones se amontonan y el cielo parece un tablao a punto de venirse abajo. La gente aplaude sin saber si ya ha terminado. Y entonces siento el calor en la mecha.

Subo.

Subo como no he subido nunca, dejando una estela de oro por encima del Convento, de los tejados blancos, de los farolillos y de toda la gente que mira hacia arriba con la boca abierta. Durante un segundo lo veo todo: el pueblo entero, la plaza, el mar a lo lejos, la noria encendida. Cinco días de feria en una sola mirada.

Y estallo. Me abro en una palmera dorada gigantesca que cubre el cielo de Torrox de punta a punta y cae despacito, muy despacito, en hilos de oro. Abajo, el «¡ohhh!» más largo de la noche. Después, un aplauso que no se acaba.

Ahora soy humo. Un humo que se va hacia la Plaza de la Constitución, donde el último concierto está a punto de cerrar la feria. Me quedaré por allí un rato, flotando sobre la gente, escuchando la última canción.

Ha sido un honor ser la última. Hasta el año que viene, Torrox.

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cambio recibido
Cinco días de «recibido». Y un último mensaje para todos.

Narra el walkie-talkie de la organización

Cambio y corto

Plaza de la Constitución · domingo, 23:59

Soy el walkie-talkie de la organización de la feria. Negro, con una antena corta, una rueda para el volumen que casi nunca bajo y una pinza que llevo enganchada a un cinturón desde el miércoles por la mañana. Si alguien quiere saber cómo ha sido de verdad la feria de Torrox, que no mire las fotos. Que me escuche a mí.

El miércoles a las ocho empezó todo con una voz de la brigada de montaje: «Escenario de la plaza terminado, cambio». Luego los electricistas: «Portada revisada, cuadro dos listo para el encendido, cambio». Luego sonido: «Probando, probando… ¿Me oís bien? Cambio». Los oímos bien. Los oímos todos los días.

Por mi canal ha pasado la feria entera, pero por detrás. La Policía Local avisando de un coche mal aparcado en un vado y de un niño que no estaba perdido, que estaba mirando. La Guardia Civil coordinando el tráfico de la carretera. Protección Civil pidiendo más agua para el Paseo de las Moreas. El puesto sanitario diciendo, noche tras noche, la frase más bonita de mi repertorio: «Todo tranquilo, solo ampollas».

Han hablado por mí los conductores de los autobuses de noche, contando viajeros como quien cuenta ovejas: «Último regreso con treinta y dos, todos a casa». Las cocineras de la paella, pidiendo una bombona de refuerzo a las dos menos cuarto. Los camareros de las casetas, que no sabían si quedaba hielo para los refrescos. Los jardineros de los Jardines de Picasso, que pedían por favor que no pisaran el césped nuevo.

También los feriantes del Llano de la Almazara, avisando de que a las nueve en punto subían la música. El equipo de limpieza, a las seis y media de la mañana, con voz de sueño y de orgullo: «Calzada terminada, cambio». Los taxistas, preguntando por dónde entrar a la Zona del Convento sin molestar. Los bomberos, con su «sin novedad» de cada noche.

Y luego estaban los otros, los que ni siquiera tenían walkie pero salían en todos los mensajes: la gente de las asociaciones sacando mesas y recogiendo sillas; los coros que ensayaban en cualquier rincón; las academias con sus bailarinas de todas las edades; las peñas, los clubes, las hermandades, los vecinos que prestaban un alargador, un toldo o una escalera. Nadie en el cartel. Todos en la feria.

Ahora son las doce menos un minuto del domingo. En la Plaza de la Constitución suena la última canción de la feria y la gente la canta como si no quisiera que acabara. Quien me lleva se aparta un poco, busca un rincón donde se oiga, me acerca a la boca y aprieta el botón.

—Atención a todos los equipos. La feria se acaba. Gracias a la brigada, a los electricistas, a sonido y luces, a la Policía Local y a la Guardia Civil, a Protección Civil, a sanitarios y bomberos, a limpieza, a los conductores, a los feriantes, a las casetas, a los voluntarios de todas las asociaciones. Sin vosotros, esto no se enciende. Cambio.

Durante unos segundos no contesta nadie. Luego empiezan a llegar respuestas, una detrás de otra, pisándose como en una sevillana: «Recibido». «Gracias a vosotros». «Hasta el año que viene». «¡Viva la feria de Torrox!». Alguien, desde algún puesto, se atreve a cantar un trozo de pasodoble. Nadie le dice nada, que es la manera que tienen las radios de aplaudir.

Mañana me cargarán la batería y me guardarán en un cajón con las pilas de repuesto y un rollo de cinta americana. Me pasaré el invierno en silencio, soñando con mensajes. Pero antes, como siempre, el último.

—Cambio y corto.

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